Biografía de Ramon Llull
(Con una cronología)

I. Las fuentes

Al reconstruir los episodios de la vida de Ramon Llull (1232-1316), nos encontramos con aquellas condiciones que afectan a la inmensa mayoría de personajes de la Edad Media. En sus vidas suele existir un acontecimiento que señala un antes y un después, que se traducen para la historia en una imprecisa etapa de preparación y en una generalmente segura cronología posterior. El acontecimiento referido será, según la persona de quien se trate, su acceso a la vida política, su graduación académica o su conversión a una vida más religiosa. La biografía transmitida, en todo caso, pretenderá ser ejemplar, eligiendo aún los datos memorables y coloreando en consecuencia la reconstrucción del pasado. Se lleva a cabo así una formación de la memoria que incorpora de forma condicionante los intereses del estamento social al que perteneció el personaje o se adapta a los lugares en los que transcurrió su existencia.

La análoga situación de la biografía luliana se distingue y se agrava por el hecho de ser el personaje mismo, y sólo él, quien procede a esta construcción de su memoria. Para hacerlo se sirve de tres medios. En primer lugar, y de un modo muy explícito, a través de la narración de la Vida coetánea, obra redactada con su autorización en el verano de 1311. En segundo lugar, con su costumbre, iniciada en 1294, de consignar lugar y fecha al final de sus obras. Y en tercer lugar, introduciendo menciones autobiográficas en sus escritos.

La Vida coetánea ha venido gozando de la consideración de relato autobiográfico. El autor anónimo del texto presenta su escrito como versión autorizada de la narración que había hecho Ramon Llull mismo. Posiblemente Llull narró su vida en la cartuja de Vauvert, en Paris, con la intención explícita de que de ahí surgiera un relato literariamente bien construido, más completo y más conforme a los cánones de la narración autobiográfica, que no lo eran los episodios que él mismo había ido incorporando en sus escritos. La convocatoria del concilio de Vienne influiría también en el deseo de Llull o de sus amigos, de contar con una mejor presentación de su vida y, sobre todo, de su empeño en favor de la misión.

Más allá de estas circunstancias, la Vida coetánea conserva todas las trazas de las narraciones de Llull en sus obras y es particularmente fiel en todo punto al esquema fundamental de su pensamiento. El episodio central es la presentación pormenorizada del debate de Ramon Llull con un sabio musulmán en Bugía. El episodio revela la metodología misionera que Llull preconizaba y al mismo tiempo sirve para presentar el uso del Arte.

Estos dos temas, la misión y el Arte, son los verdaderos protagonistas de la historia. El proprio Ramon es presentado como una persona que se siente elegida a su servicio y que por ello, frente a la irreductible indiferencia de los poderosos, entrega sus bienes y su persona en un camino evangélico de martirio. Referencias clave a a algunos textos bíblicos, así como elementos tomados principalmente de la espiritualidad franciscana, añaden ciertos matices que aproximan la Vida a la hagiografía.

La Vida coetánea presenta considerables lagunas en la narración y en algunos momentos la cronología resulta confusa. Sin embargo, en su conjunto ofrece un relato suficientemente fiable de la vida de Llull a partir del episodio de su conversión.

Las menciones autobiográficas, por otra parte, son muy frecuentes en los escritos de Llull y obedecen a diversos motivos. Posiblemente su número mayor se refiere al momento de la conversión, al cambio de vida que se operó en él y a la recepción del Arte. Son igualmente numerosas las menciones que hacen referencia a la suerte de sus gestiones en procurar la difusión del Arte y la toma de decisiones a favor del incremento de la acción misionera. Notable resulta, en este grupo, la constante referencia a sus propios escritos, lo que le ofrece a menudo la oportunidad de indicar el objetivo concreto de cada uno. No faltan, con todo, recuerdos y episodios en los que resulta difícil distinguir la realidad histórica, del uso retórico que de ella hace Llull. En definitiva, cada grupo de estas menciones autobiográficas, e incluso cada una en particular, exigen ser tomadas con las necesarias reservas de interpretación.

En tercer lugar, la costumbre de Llull de indicar al final de sus obras la ciudad y la fecha de su conclusión, constituye un documento preciso para fijar la cronología de sus obras y el itinerario de sus continuos desplazamientos. Una circunstancia que parece haber contribuido a consolidar este proceder, es el hecho de que muchas de sus obras son redactadas para ser presentadas a personas concretas e incluyen de alguna forma una petición de ayuda o de intercesión. En todo caso, no parece que pueda inferirse siempre que la obra en cuestión fuera íntegramente redactada en el lugar que se menciona. La ingente producción literaria de Llull nos hace pensar que en ciertos momentos se encontraba con diversas obras en preparación, quizás contando con la ayuda de algún redactor o recopilador a su servicio, por ejemplo, cuando una obra incorpora fragmentos de considerable extensión aparecidos en otras anteriores.

Aparte su valor documental, el hecho de que Ramon Llull fechara sus obras de una manera tan regular a partir de 1294, guarda relación con un cambio en su actitud como autor. Frente a una actitud de ocultación en beneficio del Arte recibida, Llull se presentará a partir de estas fechas como el autor del Arte, o por lo menos como su autorizado propagador.

En base a estas tres fuentes documentales y de otras muy escasas referencias de que disponemos, se puede hacer una narración de la biografía de Ramon Llull bastante completa en su segunda etapa y sólo aproximada en su primera etapa. En nuestro caso la división no coincide con el momento del acontecimiento central de la biografía luliana, su conversión, puesto que la zona de oscuridad se extiende más allá y, en conjunto, supone la incerteza sobre los primeros cincuenta años de la vida de Ramon Llull.

II. Orígenes familiares

La familia de Ramon Llull formaba parte de la burguesía media de la ciudad de Barcelona, donde poseía algunas tierras, tomaba parte esporádicamente en actividades comerciales e intervenía raras veces en la vida política. La comercial, sin embargo, fue la actividad en la que más sobresalieron algunos miembros de la familia.

El linaje familiar era Amat, siendo Llull un sobrenombre que pasó a ser utilizado por parte de la familia como patronímico (MIRET Y SANS, 1915: 305-307).

Un miembro de esta familia, Ramon Llull, casado con Isabel d’Erill, participó en la expedición del rey Jaume I de Aragón, que conquistó Mallorca en diciembre de 1229. De acuerdo con lo establecido en las bases de la operación de conquista, Ramon Llull recibió en recompensa algunas casas en la ciudad, hoy Palma de Mallorca, y algunas porciones de tierra en varios puntos de la isla. En total, un conjunto de propiedades que le situaba en una proporción media alta respecto a lo recibido por los demás participantes en la empresa.

Poco después de haberse establecido el matrimonio en Mallorca, en 1232 (o 1333) nació Ramon Llull. Los años de infancia y juventud de Ramon Llull transcurrieron en un ambiente social estructuralmente débil. La política de conquista aplicada por el rey aragonés en Mallorca, a diferencia de lo que sucedió más tarde en Valencia, por ejemplo, tendía a suprimir de hecho toda la estructura social anterior y suplantarla por otra de nuevo cuño, que no era, por otra parte, una simple reproducción de formas establecidas en la parte continental del Reino. La isla era administrada en nombre del rey por un gobernador, cargo ocupado simultáneamente por dos personas, en los primeros años. De acuerdo con las provisiones testamentarias de Jaume I para desmembrar sus dominios, a partir de 1260 la autoridad en Mallorca es atribuida a su hijo Jaume, que toma efectiva posesión del nuevo Reino en 1262. Jaume I de Aragón murió en 1276.

Un objetivo fundamental de la conquista de Mallorca había sido el asegurar las vías comerciales del Mediterráneo occidental - con anterioridad las ciudades italianas de Génova y Pisa habían intentado controlar la ruta mallorquina, bien con las armas (expedición pisano-catalana de 115), bien a través de pactos con los musulmanes de Valencia (DOXEY, 1994: 39-61).

En este sentido, desde los primeros años de su existencia, el nuevo reino ve incrementar su posición de paso casi obligado y se convierte en un polo de atracción para gentes de las más diversas procedencias. La administración del territorio y el aprovechamiento de las posibilidades derivadas de las transacciones comerciales que tenían a Mallorca como plaza, parecen ser los dos polos de interés de las familias establecidas en la isla.

Más allá de la hipérbole que Ramon Llull usará después para referirse a este primer periodo de su vida, nos es lícito imaginar que su incorporación a la vida social sucedió normalmente a través de una formación muy elemental y de la progresiva asunción de sus obligaciones familiares.

Ramon Llull se casó con Blanca Picany en 1257 o poco antes, puesto que en un documento de noviembre de este año Blanca designa a su esposo como procurador (HILLGARTH, 1991: 337-347). Blanca pertenecía a otra de las familias llegadas a Mallorca y fuertemente implicadas en la administración. El matrimonio tuvo dos hijos, Domènec y Magdalena.

Por estas mismas fechas falleció el padre de nuestro Ramon Llull. El último documento que nos da noticias suyas pertenece a 1246; y en él figura como comprador de un esclavo árabe, Alí de Bugia.

Igualmente relacionado con un esclavo es otro documento que nos habla de Ramon Llull, hijo. Se trata de la designación de procuradores por parte de Ramon Llull, con el encargo de recuperar “un esclavo blanco, bautizado, de nombre Bernardo”. Si bien el documento no conserva la fecha del acto, presumiblemente corresponde al mes de noviembre de 1259 (SOTO, 1985-86: 345-369, da la fecha de 1256. La de 1259 es propuesta y argumentada por J.N. HILLGARTH, “Ramon Lull’s early life..”).

Si inscribimos estas noticias en la documentación de la época, que nos habla de las familias establecidas en Mallorca a raíz de la conquista, debemos pensar que la familia de Ramon Llull participaba de un gran número de actividades diversas, no muy destacadas por su volumen, pero, al fin y a la postre, sumamente fructíferas. Con toda naturalidad Ramon Llull asumiría el puesto que le correspondía en aquella sociedad y, al parecer, con notable éxito. Lo resume este escueto recuerdo: “Yo era un hombre casado, con hijos, bastante rico, disoluto y mundano” (Phantasticus).

La personalidad de Ramon Llull que se transparenta en sus proyectos posteriores, ciertos temas y perspectivas adoptadas en sus obras, o el código ético que viene privilegiado en sus escritos moralizadores, nos hacen pensar en una etapa de juventud y primera madurez dedicada a un fructífera actividad práctica, fundamentalmente su participación en los negocios familiares. Para tal actividad no habría sido necesaria una gran preparación teórica, harto imposible en las circunstancias de aquellos años y, por lo demás, inusual en la capa social a que pertenecía. Muy justamente lo describirá la Vida coetanea al manifestar que para los nuevos proyectos, que Llull se proponía después de su conversión, él comprendía que “no poseía el saber suficiente, ni tan siquiera la gramática, a no ser una parte mínima” (VC 5).

“La gramática consiste en hablar y escribir correctamente” (Doctrina pueril 73, 1). Ramon lo habría aprendido, como la inmensa mayoría del escaso número que en su tiempo sabía leer, utilizando el Salterio - cabe recordar que en el siglo XIII se da un notable auge de la educación infantil, y Ramon Llull se mostrará partidario de ella en algunas de sus obras (ALEXANDRE-BIDON, 1989: 953-992) (sería interesante estudiar si puede establecerse alguna relación entre los recursos (figuras, juegos de “invención”...) usados para enseñar a leer y los recursos gráficos del Arte luliana.

Pero, sobre todo, habría aprendido el “hablar correctamente” gracias a una cultura no clerical notablemente incrementada por la tradición de los relatos de caballerías y, de forma más próxima, por la cultura de los trobadores. Gran número de sus escritos posteriores, determinadas ideas adheridas incluso al meollo de su sistema artístico, delatan una culturización en este sentido, sin que necesariamente obliguen a pensar en una dedicación especializada por su parte. Las formas y las imágenes de tradición trobadoresca habían evolucionado notablemente, habían sufrido cambios y la incorporación de elementos extraños, de tal forma que la educación trobadoresca de Llull bien pudiera haberse limitado a este aspecto popularizado que todo movimiento cultural termina por engendrar.

Si algún exceso hubo en estos años de su vida - negarlo sería llevar la contraria a la insistente autoinculpación de Llull -, no debe circunscribirse al comportamiento sexual que pueden evocar los temas trobadorescos. En repetidas ocasiones Llull insiste en su infidelidad matrimonial. Pero no deben pasarse por alto los reproches que se hace a sí mismo por haber dedicado su único afán a la acumulación de riquezas, o por su intemperancia frente a sus conciudadanos y hacia sus subordinados, entre los que debemos incluir sus esclavos. En todo caso, conviene recordar la propia confesión de Llull, quien al final del Libro de contemplación escribe: “En muchos pasajes de esta obra exageré mis virtudes y mis vicios. Lo hice para que la obra resulte mejor dispuesta (afigurada)”, y señala como parangón el modo de proceder de los trobadores (Llibre de contemplació 366, 26).

La violencia y la injusticia, que eran notables en la sociedad mallorquina de aquellos años, se hacía más fuerte al socaire de la notoria impunidad en que actuaban las familias dominantes. Disposiciones de la autoridad civil y de la eclesiástica, documentos judiciales de variada índole, la evolución misma de las estructuras sociales, nos dan fe de la turbulencia de la época (PEREZ, 1961-2). Destaquemos la noticia sobre la presencia de albigenses en la isla. Ramon Llull vivía de lleno en este clima. Por su origen familiar estaba destinado a formar parte del núcleo de sus protagonistas. Hasta que se produjo una ruptura lenta y definitiva: su conversión.

III. Conversión y años de formación

La Vida coetanea resume todo su relato con esta fórmula: “de su conversión a la penitencia y de algunos hechos suyos”. La narración de los primeros episodios, los de su conversión, se detiene en pormenores y alcanza tintes dramáticos. Son tres los episodios con que, al parecer, se desea poner de manifiesto como en Ramon Llull se dio una verdadera “conversión a la penitencia”. Este término, en efecto, nos recuerda el proceso casi institucionalizado por el que una persona abrazaba la vida religiosa. Pero, no hay que olvidar que nos hallamos en unos momentos de gran expansión de una espiritualidad popular y laical, favorecida particularmente por las órdenes mendicantes. El término “conversión a la penitencia” podía ser utilizado para designar la decisión de muchos hombres y mujeres que, sin entrar en una orden mendicante o monástica, abrazaban una vida religiosa más exigente, y en la que la pobreza figuraba como rasgo esencial.

El primer episodio refiere la aparición de Cristo crucificado. En el Desconort, Ramon resume así este episodio:

Cuando fui mayor y percibí la vanidad del mundo, comencé a obrar mal y caí en pecado, olvidando al Dios glorioso y siguiendo la pasión carnal. Plugo a Jesucristo en su gran piedad que se me apareciese crucificado, por cinco veces, para que le recordara y de él me enamorara” (Desconort, II, ORL XIX, p. 220).

La Vida coetanea, por su parte, dramatiza el acontecimiento con más detalle: las apariciones se sucedieron a intérvalos en el espacio de algunas semanas; Ramon estaba empeñado en escribir “una cantilena para cierta dama, a la que deseaba con amor apasionado”; fue un forcejeo duro con la voz de su “consciencia, que le indicaba que aquellas apariciones pretendían que, abandonando inmediatamente el mundo, en adelante sirviera con integridad a Jesucristo”, Y cierra el relato con la reflexión de Llull que desemboca en la formulación de un triple propósito: procurar la conversión de los infieles a Cristo, hasta sufrir la muerte por él; redactar un libro, “el mejor del mundo”, para la conversión de los infieles; suplicar la fundación de monasterios donde se aprendieran las diversas lenguas necesarias a la misión.

Transcurrieron tres meses, al decir de la Vida, en que Llull volvió a sus negocios familiares y olvidó casi sus propósitos. En la festividad de san Francisco tuvo lugar el segundo episodio. Llull asistía a la celebración festiva en la iglesia de los franciscanos y escuchó el sermón del obispo sobre la conversión del santo de Asís. Impactado por el ejemplo de Francisco, decidió vender sus bienes, excepto lo necesario para el sustento de su esposa y de sus hijos, y marcharse para siempre de casa.

En consecuencia, emprende Llull la peregrinación al santuario mariano de Rocamador, en el Sur de Francia, y a Santiago de Compostela. Este tercer episodio cierra el proceso de conversión y se inscribe plenamente en el esquema casi obligado de la mentalidad medieval. La peregrinación era el acto público que no sólo sancionaba el cambio personal, sino que confería al individuo un nuevo estatuto social. En el caso de Llull, la previa venta de sus bienes, pretende que este cambio social sea realmente significativo.

En realidad, la unidad narrativa de Vida coetanea no se cierra hasta después del retorno de Ramon Llull a Mallorca y el cambio de sus vestidos por un “burdo hábito de paño”. Thomas Le Myèsier, en el resumen biográfico con que inicia el Breviculum, hace coincidir este gesto con el sermón franciscano del obispo, anterior a la peregrinación. Añade, además: “Oí decir, que lo recibió de manos del obispo, y que se hallaba presente aquella dama para la que había intentado componer la cantilena” (Breviculum). Posible inicio de las numerosas leyendas que surgirán en torno a la conversión de Ramon Llull.

No existen razones de peso para desautorizar en bloque la narración que hace la Vida coetanea. Es verdad que resulta sorprendente la plena adecuación del proceso con el esquema estandarizado por las hagiografías de la época. El recurso a referencias bíblicas muy precisas, así como los detalles que crean una atmósfera “franciscana”, pueden tener su origen en el mismo Llull, reflexionando, después de casi cincuenta años, sobre unos hechos tan decisivos para su vida. En una época más inmediata a los acontecimientos, los había resumido con esta confesión: “Loco fuí desde el principio de mis días hasta pasados los treinta años, en que retorné a la memoria de vuestra sabiduría y al deseo de vuestra alabanza y de la contemplación de vuestra pasión” (Llibre de contemplació 70, 22).

Al igual que otro importante autor medieval, Dante Alighieri, también Llull señala el “medio de la vida” (Llibre de contemplació 70, 23) como el momento crucial de su conversión. Los hechos debieron suceder entre 1263 y 1265. No hay datos externos que puedan confirmarlo. En 1264 Ramon Llull figura como testigo en un documento de reconocimiento de deuda por parte de Jaume Picany, probablemente su cuñado y miembro destacado de la familia. Siete años después, el 10 de noviembre de 1271, Ramon Llull y su esposa actúan como arrendatarios de una propiedad recibida del obispo de Mallorca.

La normalidad familiar que estos documentos parecen sugerir, se ve súbitamente truncada por la acción legal interpuesta por la esposa de Ramon. Blanca acusa a su esposo de abandono de la administración del patrimonio familiar a causa de su vida eremítica. En sentencia del 13 de marzo de 1276, es atendida su queja y viene nombrado un procurador de los bienes familiares. Es el mismo año en que el Papa Juan XXI, accediendo a la súplica del infante Jaume de Mallorca, confirma la fundación del monasterio de Miramar.

En el arco de tiempo que media entre la conversión y los últimos acontecimientos mencionados, transcurren los años sin duda más decisivos de la vida de Llull, y más llenos de interrogantes para el historiador. Son los años en que Llull se dedica al estudio y formula las lineas de su sistema de forma prácticamente definitiva. Sin embargo, ni las obras que escribe, ni el relato de la Vida coetanea proporcionan algún indicio explícito sobre el enorme proceso de gestación que llenó estos años.

Empezando por el relato de la Vida, nos encontramos con esta secuencia de hechos:

Ramon Llull salió de Mallorca con el propósito de no regresar a su casa. Finalizada su peregrinación, se detiene, probablemente en Barcelona, con la intención de dirigirse a París “para estudiar gramática y alguna otra ciencia conveniente a su propósito” misionero. Este plan se topa con la desaprobación de sus “familiares y amigos” y, en especial, de Ramon de Penyafort. Ramon Llull atiende estos consejos y regresa a Mallorca.

De nuevo en la isla, Ramon empieza sus estudios “de gramática” y adquiere un esclavo, del que aprende la lengua árabe. “Después de nueve años” sucede un acontecimiento desgraciado. Cierto día el esclavo blasfemó contra Cristo. Al enterarse Llull, preso de furia le hirió en la cara. Para vengarse, el esclavo intentó asesinar a su amo, causándole graves heridas en el estómago. Mientras el esclavo era conducido a prisión, Ramon Llull se vio sumergido en gran perplejidad, pues se le hacía difícil pedir un castigo para quien había sido su maestro. Estaba aún debatiéndose en la indecisión, cuando le llegó la noticias de que el prisionero se había quitado la vida ahorcándose. Ramon Llull no pudo ocultar que este desgraciado final le sirvió de alivio.

Después de este episodio, que la Vida detalla con morosidad, sin duda con la intención de aducir una prueba de lo que había padecido Llull en su afán misionero ya desde sus primeros tiempos, se dice que Ramon se retiró a una montaña para dedicarse a la contemplación. Apenas ocho días después “el Señor le iluminó el entendimiento, dándole a conocer el contenido y la forma del libro contra los errores de los infieles”, que se había propuesto escribir. Llull bajó de la montaña y se retiró a una abadía próxima a la ciudad, donde redactó “aquel libro al que llamó, primero Ars maior, y después Ars generalis”.

De nuevo en la montaña, permaneció ahí más de cuatro meses, siendo visitado en una ocasión por un misterioso pastor, que le habló “de Dios y de las cosas celestiales” de modo admirable, “signándole en la cabeza y en todo el cuerpo con la señal de la santa cruz”.

IV. Primeros escritos

Relatados estos hechos, la Vida abre un nuevo capítulo en la biografía luliana: “Después de todo esto, habiéndose enterado el rey de Mallorca que Ramon había escrito algunos libros buenos, le mandó llamar para que fuera a Montpellier, donde el rey a la sazón residía”.

Esta referencia nos permite, en primer lugar, volver sobre el periodo anterior y reconstruir la ocupación de Llull durante estos años. Dos términos, usados de modo programático por la Vida, nos señalan el eje fundamental: estudio (causa discendi) (VC 10) y contemplación (causa contemplandi) (VC 14).

En una continuidad lógica a partir de la conversión, Ramon Llull parece haber iniciado un proceso de vida eremítica que poco a poco va absorbiéndole y alejándole de sus compromisos domésticos. De hecho no se trata de un abandono de su familia y de su casa desde el primer momento. Su propósito misionero se iba concretando en una actividad, escribir un libro, que no requería tal abandono y, por otra parte, podía seguir el ejemplo de las iniciativas de discusión interreligiosa promovidas por laicos. El promotor de la discusión pública habida en Mallorca el año 1263, con un judío, fue un comerciante genovés, Inghetto Contardo. Sin embargo, el proceso vivido por Llull estos años le iba a diferenciar de cualquier otra estrategia misionera. La importancia creciente que concede a la contemplación va a la par con la formulación de una manera propia de entender la misión, tema que ya ahora se convierte en centro absoluto de sus escritos.

Tal vez por esto, y quizás de forma voluntariamente querida, se ha borrado toda huella del programa de estudio que siguiera Llull durante estos años. La única mención es el aprendizaje de la lengua árabe con el esclavo. Por mucho que la expresión se tome en un sentido amplio, siempre carecerá de contenido programático. Igualmente vagas resultan las deducciones a partir de los centros escolares (órdenes religiosas) abiertas en Mallorca por aquellas fechas. En resumen, al margen de lo que podamos deducir como ambiente cultural accesible a Ramon Llull, las únicas certezas que nos quedan de este periodo de estudio y contemplación, son las obras que fueron redactadas durante estos años.

Son tres las obras redactadas. De dos de ellas nos da cuenta la Vida, mientras la tercera debe incluirse por el estudio comparado del corpus luliano. Se trata del Llibre de contemplació, Ars compendiosa inveniendi veritatem y Compendium logicae Algazelis.

Evidentemente, Llibre de contemplació y Ars compendiosa inveniendi veritatem son dos obras fundamentales del sistema luliano. Sin embargo, incluso la narración de la biografía de Llull exige referirse constantemente a los temas presentados por estos escritos. Es en este sentido que resulta necesario incluir en este punto una breve descripción del contenido.

El Llibre de contemplació está escrito como oración meditativa dirigida a Dios. El objeto de la meditación o contemplación es el contenido de la fe, cuya formulación de referencia son los artículos de la fe. Esta contemplación tiene como objetivo la mejor comprensión de la fe. Es un objetivo propuesto a todo cristiano, pero de forma especial al misionero, que deberá considerarla como presupuesto de su acción.

La puerta de acceso a la comprensión de la fe es la meditación sobre Dios creador y salvador. Lo primero conduce a la consideración de la realidad creada en su conjunto y del hombre en particular. Mientras el segundo aspecto se centra en la persona y los misterios de la vida de Cristo. El hilo conductor de la reflexión es la manifestación en todo de aquellas propiedades que definen a Dios, como son bondadose, sabio, infinito, perfecto etc. Ramon Llull se refiere a estas propiedades con diversos términos, sobre todo llamándoles “virtudes”. Aparece ya, sin embargo, el término “dignidades”.

Para la reflexión sobre la manifestación de las virtudes de Dios, Llull toma como modelo la usual definición de ciencia. La ciencia, según la definición generalizada a partir de Aristóteles, es el conocimiento de las causas. El hombre comprende y explica la realidad, identificando las causas de las que ésta depende. Este proceso, además, es considerado constitutivo de cerdadera ciencia cuando procede según los criterios formales de la demostración.

Ramon Llull, por su parte, interpreta esta identificación o investigación de las causas como captación de los significados ofrecidos en la realidad misma. Es un proceso en diferentes etapas, que parte de la realidad tal como se ofrece a nuestros sentidos y va remontándose en una serie causal que, en último término, remite a Dios. Gran parte del Llibre de contemplació está dedicado no sólo a dar ejemplo de este proceso, sino a desarrollar una antropología acorde.

En referencia a este modelo, Llull va elaborando su método contemplativo de comprensión de la fe. En síntesis, se trata de considerar todo aquello que se afirma a partir de la fe, en tanto que realidad significativa de las virtudes divinas. Desde el punto de vista de la fe, sólo se accede al conocimiento de la verdad a través de la verificación de las virtudes divinas. Si alguna afirmación significa o implica la negación de alguna de estas virtudes, o una comprensión errónea de ella, tal afirmación será necesariamente falsa.

Existe, además, un segundo criterio sobre el cual fundamentar la investigación contemplativa. Las verdades de la fe, en efecto, constituyen un todo consecuente, de forma que la negación de una de ellas, implica la negación de las restantes. Por ello, una afirmación determinada puede ser examinada en sus términos explicativos (virtudes), investigando estos términos en la explicación de otra afirmación de fe.

Por ejemplo, si el examen de la afirmación de la Encarnación conduce al poder de Dios como su explicación, se puede investigar si el poder entre en la explicación de la afirmación de la creación del mundo.

El último paso que emprende Llibre de contemplació, consiste en la audaz formulación de lo que Llull denomina “figuras”. Inicialmente una figura consiste en uno o el conjunto de términos que entran en consideración. Figuras serían los términos ‘bondad’, ‘poder’, ‘unidad de Dios’, ‘encarnación’ etc. Pero Llull da un paso más y propone representar estos términos por letras, de forma que ‘B’ signifique ‘bondad’, ‘C’ signifique ‘poder’, ‘E’ signifique ‘unidad de Dios’ etc.

De todas formas, aunque en la obra se utilice profusamente este proceder, no se llega a una significación unívoca de las letras usadas.

Los tres puntos básicos a que Llull ha recurrido (el modelo del conocimiento por las causas, la afirmación de la universalidad de la significación y la función explicativa de las virtudes divinas), permiten que la comprensión de la fe resultante pueda exponerse en formulaciones que reciben la denominación de “argumentos”, “razones”, “razones necesarias” y similares.

El objetivo misional de la obra, por otra parte, se alcanza al contener el libro no sólo un medio para avanzar en la personal comprensión de la fe, sino al aportar un método y un conjunto de recursos explicativos que podrán ser utilizados en la efectiva actividad misionera. Una actividad, por cierto, definida fundamentalmente como diálogo respetuoso, ofrecido desde un compromiso personal de perseverar hasta incluso el martirio.

No falta tampoco, en Llibre de contemplació, el carácter universal o enciclopédico que colorea todo el sistema y las obras lulianas. Ante todo, porque la fe es algo que incluye en su consideración absolutamente toda la realidad. Y en segundo lugar, porque los principios, sobre los que se basa el proceso presentado, permiten una continuidad reflexiva a partir de la realidad tal como se ofrece a la percepción sensible del hombre.

Todos estos temas no se encuentran reflejados en la estructura redaccional del libro. Lo que aparece en primer lugar es la distribución de la obra en 366 capítulos, uno para cada día del año. Ulteriores subdivisiones se motivan con referencias simbólicas: 5 libros según las llagas de Cristo, 40 distinciones según los días de Jesús en el desierto, 30 párrafos cada capítulo según las monedas en que fue vendido Jesús etc. Curiosamente, en estas motivaciones simbólicas, ofrecidas en el prólogo de la obra, no aparece su fundamental división en tres volúmenes.

Este es el Llibre de contemplació. Sorprende que una obra de este alcance pueda ser la obra de una persona de la que se nos dice que no conoce “sino un poco de gramática” y que está ahora aprendiendo lo necesario. La perplejidad crece aún más cuando debemos dar fe al testimonio que nos dice que tal obra fue inicialmente redactada en árabe. No existen motivos razonables para rechazar este testimonio. Así como tampoco cabe pensar en una diferencia sustancial entre las dos versiones, de las que la árabe sería un esbozo, aunque el texto catalán nos diga que en esta versión se añaden reflexiones nuevas.

El texto catalán, por otra parte, ocupa el lugar de honor en la historia de la literatura catalana. Caso prácticamente único en la historia de las lenguas romances, el catalán tiene en los escritos de Ramon Llull, y muy especialmente en el Llibre de contemplació, un inicio que no deberá aguardar siglos de evolución para obtener su obra maestra. La obra de Llull explora todas las posibilidades de vocabulario, de estructura gramatical o de recursos estilísticos de la nueva lengua. Estamos apuntando a otro de los riquísimos aspectos de la figura de Ramon Llull.

Junto al Llibre de contemplació, comparte este primer momento creativo de Llull el Ars compendiosa inveniendi veritatem. A primera vista, una obra totalmente distinta, casi incompatible con la anterior. Su texto es relativamente breve y sorprende al lector con la introducción de un vocabulario muy particular, sin explicación previa alguna. Las primeras páginas consisten en poner ante el lector cinco figuras circulares, designadas con las letras A S T V X, algunas de ellas compuestas a su vez por figuras triangulares o cuadrangulares.

Después de una muy sumaria presentación (expositio) de estas figuras, dedica algunos capítulos a mostrar su funcionamiento (applicatio). La segunda distinción se abre con la consideración de lo que podemos entender como condiciones (modi) que especifican el uso de las figuras, y que son utilizados en siete temas (quaestiones) de teología, a modo de ejemplo. La tercera distinción repite el esquema de la segunda, y presenta treinta modos especiales y sesenta cuestiones.

Dejando para más adelante la exposición del contenido doctrinal de la obra, interesa ahora recordar, que el Ars compendiosa inveniendi veritatem crea el que será el esquema permanente de la presentación del Arte luliana: exposición de las figuras, elenco de los resultados combinatorios contenidos en las figuras y aplicación a cuestiones diversas, con referencia a todos los ámbitos de la realidad.

Los elementos que llenan este esquema irán sufriendo modificacioes muy importantes, comportando la incorporación de elementos nuevos y padeciendo la pérdida de otros anteriores. Siguiendo cronológicamente esta evolución, se accede a una lucha tenaz de Ramon Llull por conseguir audiencia para sus propósitos, plenamente convencido de la utilidad misionera, y aún universal, de su sistema.

Con este convencimiento y con el bagaje de estas obras, Ramon Llull acude a Montpellier llamado por el infante Jaume de Mallorca. Este viaje, que se situaría entre 1274 y 1275, abre un nuevo periodo, de unos diez años, de cronología incierta, aunque resulte bastante claro en que se ocupó Ramon Llull durante este tiempo.

V. Los años de Miramar

El elenco de los acontecimientos documentados o muy probables, puede resumirse así:

En 1274-1275 Ramon Llull viaja a Montpellier, donde sus obras son revisadas y aprobadas por un franciscano, según el testimonio de la Vida.

Ramon solicitaría entonces al infante Jaume la creación de un monasterio para la preparación de misioneros. Accediendo a su petición, el infante funda el monasterio de Miramar, en Mallorca, dotándolo de medios de subsistencia y donde acuden trece frailes franciscanos. La fundación fue confirmada por el Papa Juan XXI en bula del 17 de octubre de 1276.

En marzo de 1276, como ya hemos indicado antes, la esposa de Ramon Llull obtiene la designación de un procurador de los bienes familiares.

Mientras, como prolongando la estancia de Llull en Montpellier, la Vida afirma que en esta ciudad Ramon escribió el Ars demonstrativa, entre otras obras, y “la leyó públicamente”. Inmediatamente después la narración se situa en 1287.

Sin embargo, un documento fechado en Mallorca, en mayo de 1278, incluye a Ramon Llull como testigo de la venta de una viña “por parte de Guillema madre de Jaume Picany, difunto”.

Este testimonio de 1278, hace pensar que los hechos, mencionados por la Vida sin solución de continuidad, bien pudieron suceder en diferentes viajes de Ramon Llull a Montpellier. De esta forma, después de una breve visita en 1275, Llull habría vuelto a Mallorca para seguir de cerca la fundación del monasterio de Miramar. El testimonio de su intervención, por otra parte, en el acto de venta mencionado, podría suavizar la interpretación que deba darse a la acusación de abandono de la administración del patrimonio familiar. En este sentido, cabría pensar que, si bien Llull no podía hacerse plenamente cargo de esta responsabilidad, sus relaciones familiares seguían cauces de cierta normalidad.

Después de 1278 Ramon Llull se dirige de nuevo a Montpellier, donde se encuentra con certeza en 1283. Que Llull no se hallaba en Mallorca en 1284, debe deducirse de un mandamiento de pago, por valor de 30 libras, de parte del rey Jaume II de Aragón a favor de Ramon, que hubo de ser recibido por otra persona en su lugar. Llull no regresaría a Mallorca hasta la breve visita de 1294.

Sobre la fundación y funcionamiento del monasterio de Miramar, pocas cosas pueden añadirse a las ya dichas. Aunque resulta particularmente difícil establecer el papel y de Ramon Llull en su planificación y funcionamiento, las referencias a Miramar que encontramos en sus obras, son de las que sugieren un recuerdo más íntimo. Está, en primer lugar, el relato de la fundación inserto en el Blaquerna. En un episodio, del que es protagonista un obispo deseoso de emprender alguna acción que redunde en honor de Jesucristo, leemos:

Quiso la buena suerte que en la asamblea estuviera presente un clérigo, natural de una isla en el mar, que se llama Mallorca. En presencia de todos refirió al obispo que aquella isla pertenece a un rey noble y sabio, Jacme rey de Mallorques. Rey de buenas costumbre, es su piadoso deseo que Jesucristo sea honrado entre los infieles por la predicación. Con tal motivo ha dispuesto que trece frailes menores estudien el árabe en un monasterio, llamado Miramar, lugar solitario, muy convenientemente situado, y ha provisto a todas sus necesidades. Ha dispuesto que, cuando sepan el árabe, con licencia de su general, vayan a honrar el fruto de nuestra Señora, dispuestos a padecer hambre, sed, calor, frío, tormentos y muerte. Tal fundación ha sido establecida para siempre (Blaquerna, c. 65).

En fuerte contraste con los sentimientos reflejados en esta narración, unos doce años después, en el Desconort, al mencionar la propuesta que ha presentado a los Papas para la formación de misioneros, Llull añade: “y que fueran enseñadas todas las lenguas, tal como se estableció en Miramar; ¡que lo tenga en su conciencia quien lo malbarató!” (Desconort, 55, ORL XIX, p. 246).

Si bien estas palabras podrían referirse a los reiterados fracasos de sus peticiones presentadas a los Papas, generalmente se ha visto en ellas la constatación del fracaso de Miramar. El monasterio habría sido clausurado después de 1292, fecha en que el rey debe intervenir para remediar la desorganización de la comunidad. En todo caso, no quedaban ya demasiadas trazas de la fundación cuando, en marzo de 1301, Jaime II hace donación de Miramar a los cistercienses de La Real.

Un tercer recuerdo de Llull, referido a Miramar y posterior a los mencionados, nos permite entrever su dedicación de estos años. Escribe en el Cant de Ramon:

Procuré que se diera el monasterio de Miramar a los frailes menores, para predicar a los musulmanes. Entre vides e hinojos me arrebató el amor: me hizo amar a Dios, sumido entre suspiros y lágrimas
(Lo monastir de Miramar / fiu a frares menors donar / per sarrayns a preïcar. / Enfre la vinya l fenolar / amor me près: fé m Deus amar / enfre sospirs e plors estar. ORL XIX, p. 257).

Son palabras que nos inducen a pensar que durante los primeros años de Miramar, Ramon Llull continuó e intensificó su vida contemplativa. Incluso podría pensarse que es en estos años cuando van madurando las expresiones místicas que darán lugar al Llibre d’amic e amat, incluido en el Blaquerna - tal vez el término “místico”, por su amplitud, resulta inadecuado para aplicarlo al Llibre d’amic e amat u otros escritos lulianos similares. La presencia del vocabulario y del mecanismo del Arte juegan también ahí un papel importante. Sin embargo, difícilmente se podrá encontrar otro término para expresar la profunda experiencia religiosa que originó estos textos, y que parece poner en duda A. SOLER (1994).

A parte de todo ello, entre el viaje y estancia en Montpellier y su retorno a Mallorca, Ramon Llull da inicio a su desbordante actividad literaria. Como va a ser una constante de toda su vida, entre las obras escritas durante estos años se incluyen las más diversas formas. La formulación estríctamente artística es continuada en la extensa Ars universalis y aplicada más concretamente en los libros que dedicó a los Principia de teología, filosofía, derecho y medicina. Tratan también del Arte el magnífico Llibre del gentil e dels tres savis o el Llibre de demostracions. La búsqueda de un sistema para reducir simbólicamente el proceso discursivo, motiva el Ars notatoria.

Otros escritos, finalmente, testimonian su afán de promover la reforma de la sociedad, como el Llibre de l’orde de Cavalleria o el pedagógico Doctrina pueril, obra dedicada a su hijo.

Es posible que algunas de estas obras fueran redactadas en Montpellier. En todo caso parece seguro que fue en esta ciudad donde concluyó su gran novela Blaquerna e inició una primera revisión del Arte. La fecha de 1283 señala el punto de partida de este nuevo periodo en la vida de Ramon Llull.

A partir de ahora Montpellier podrá ser considerado el centro de operaciones desde el que Llull emprende sus numerosos viajes. Hay una circunstancia política que parece haber favorecido este hecho. En efecto, la conquista de Sicilia por parte de Pedro III de Aragón, en 1282, provocó la formación de una alianza capitaneada por Francia, con el objetivo de desposeer al aragonés de sus dominios. Jaime II de Mallorca, velando por sus territorios en el Mediodía francés, se unió a esta alianza.

De esta forma, cuando la alianza fue inesperadamente derrotada en 1285, el rey de Mallorca se encontraba del lado de los perdedores. Esta situación le valió que el nuevo rey de Aragón Alfonso, sobrino suyo, le desposeyera de Mallorca. Fueron necesarios muchos esfuerzos diplomáticos hasta llegar a un tratado de paz, firmado en Anagni en 1295, y la efectiva restitución en 1298. Durante estos años Ramon Llull visitó una sola vez, y muy brevemente, Mallorca, el año 1294. Con todo, en la decisión de Llull debieron pesar más las oportunidades sociales y culturales que la ciudad le ofrecía (CHOLAT; REYERSON, 1985).

El fruto emblemático de este contacto de Ramon Llull con el mundo intelectual de Montpellier, es el Ars demonstrativa y las obras que le sirven de comentario. Entre éstas destacan la Lectura super figuras Artis demonstrativae, con su parte casi autónoma del Liber chaos, o el Ars inveniendi particularia in universalibus. En la formulación del Arte que presentan estas obras, adquiere un papel preponderante la teoría de los cuatro elementos, base de la física aristotélica y medieval.Las lineas básicas de esta teoría aparecen casi todas en obras anteriores. Ahora, sin embargo, adquieren un desarrollo más amplio y sistemático, revelando, sin duda, la deuda de Llull para con los florecientes estudios de medicina en los que sobresalía Montpellier.

Los acontecimientos posteriores, por otra parte, nos obligan a considerar que esta estancia de Ramon Llull en Montpellier significó un cambio de estrategia. Habían transcurrido ya veinte años desde su conversión. La mayor parte de ellos los había pasado en su tierra natal, dedicando cada vez más espacio a la vida contemplativa, y asistiendo a la primera andadura del monasterio de Miramar. A partir de ahora su vida se desarrollará en continuos viajes, tras el objetivo de conseguir atraer a sus planes las instancias verdaderamente decisivas de su época: el Papado, la Universidad de París, el rey de Francia, los órganos de decisión de las órdenes mendicantes, es decir los capítulos generales, e incluso un Concilio Ecuménico.

En el centro de sus súplicas está la fundación de escuelas donde los futuros misioneros puedan aprender las lenguas de los pueblos a misionar. Después, el esfuerzo por hacer comprender su Arte y por hacerla aceptar como un método universal del saber. A estos dos objetivos centrales se irán uniendo otros: la cruzada, la lucha antiaverroista, la reforma religiosa a través de la predicación etc. De igual manera, junto a su estrategia de captación, aparecerá la acción directa: predicación en las mezquitas y sinagogas de Mallorca, viajes al Norte de Africa, viaje a Chipre y Asia Menor. Todo ello, sin abandonar nunca un asombroso ritmo de escritura, que al final abarcará un catálogo de casi trecientos títulos.

VI. Viaje a Roma y París

Con el propósito, pues, de conseguir “la fundación por todo el mundo de monasterios semejantes [al de Miramar] para la enseñanza de diversas lenguas”, Ramon Llull se dirigió a Roma en 1287, posiblemente a finales de abril. Como especifica la Vida, llegó a Roma “recién fallecido el Papa” Honorio IV, que murió el tres de abril de aquel año. El periodo de sede vacante se prolongó hasta febrero del año siguiente, cuando fue elegido Nicolás IV. Y según da a entender la Vida, Ramon Llull no aguardó la elección del nuevo Papa, sino que se dirigió de inmediato hacia París.

Para acompañar su petición ante la Corte romana, Llull había preparado su obre Cent noms de Deu. Con ella entendía Ramon que se refutaba el valor probativo de un argumento utilizado por los musulmanes a favor del carácter revelado del Corán. Según dicho argumento, la belleza tanto del contenido como de la forma del texto coránico obligaba a reconocer su origen divino. Ramon Llull presenta su proprio texto como demostración de que un hombre - “yo, Ramon Luyl, indigno” - puede redactar un libro de contenido mejor. A la vez, suplica al Papa y a los cardenales “que manden traducirlo al latín, en buen estilo, pues yo no sabría hacerlo, porque ignoro la gramática” (Cent noms de Deu, Prol., ORL XIX, p. 29).

Durante estos meses, en otra obra, el Liber tartari et christiani, Llull acomete otro de los temas recurrentes de sus obras: la conversión de las naciones mongoles de Asia. A través de la imaginada historia de un tártaro, “muy sabio y entendido en filosofía”, presenta la posible utilización del Arte para la misión. El tártaro dialoga primero con un judío y con un musulmán, hasta llegar al encuentro con el ermitaño Blaquerna, quien le expone la fe cristiana, utilizando el sistema de Llull, y le dirige hacia Roma, donde es finalmente bautizado y se convierte a su vez en misionero.

La parábola imaginada por Llull debe ser relacionada con acontecimientos de aquellos mismos meses, protagonizados por una embajada del ilcan de Persia Argún. A su cabeza de hallaba el obispo nestoriano Rabban Sauma, nacido en Pekín. La embajada llegó a Roma a finales del mes de junio y se encontró con la Sede vacante. Por ello, siguió inmediatamente hacia París, donde, en el mes de septiembre, eran recibidos por el rey Felipe.

La primera visita de Ramon Llull a París es resumida por la Vida en estas dos frases:

Por eso, dejando la Corte [pontificia], dirigió sus pasos hacia París, para comunicar al mundo el Arte que Dios le había dado. Así, Ramon llegó a París en tiempos del canciller Bertoldo y, por especial mandato de dicho canciller, leyó en su aula el comentario del Arte general (VC 19, ROL VIII, p. 283).

La estancia en París duró algo más de un año, de fines de 1287 hasta el verano de 1289. Disponemos de muy poca información sobre los contactos mantenidos por Llull. Sin duda su propósito principal era ponerse en contacto con la universidad. Después de la aprobación obtenida en Montpellier era lógico que intentara un apoyo similar y más relevante por parte de la más alta institución docente de la cristiandad.

Como principal centro al que acudió Llull sobresale el colegio de la Sorbona, que tomó el nombre de su fundador, Roberto de Sorbon. El centro estaba abierto a estudiantes de teología, ya en posesión del magisterio en artes y no pertenecientes a ninguna orden religiosa. La Sorbona destacó por su buena biblioteca. En 1290 contaba con unos 1.017 volúmenes, gracias a las generosas donaciones que recibió desde sus primeros años, entre las que descolló la recibida en 1272, de casi 300 volúmenes, como legado de Gerardo de Abbeville.

Gerardo se destacó en el partido contrario al acceso de los mendicantes a la Universidad y sus disposiciones inspiraron la norma del reglamento de la Sorbona que prohibía prestar libros a los frailes. Parte del legado de Gerardo, además, procedía de la biblioteca de Ricardo de Fournival (1201-ca.1260). Con estos antecedentes, aún sin contar con el catálogo completo, es fácil suponer que la biblioteca contaba con un importante fondo de obras sobre temas como física o medicina (TUILLIER, 1994: 115-127; BRANNER, 1967: 42-71, 227-259. Una relación de los “sorbonistas” más destacados en los tiempos de Llull puede verse en FURET, 1896: 212ss.).

En la Sorbona, Llull trabó conocimiento con Pierre de Limoges, o Pierre de La Cipière (ca.1230--1306). Al ser miembro de la Sorbona, es de suponer que era maestro en artes y que con toda probabilidad llegó a ser maestro en teología. En todo caso, lo que ahora nos interesa, su relación con Llull en estos años parece bien probada por los volúmenes de obras lulianas que él se procuró y en ocasiones copió de su propia mano. Cinco de estos volúmenes formaban parte de su legado a la Sorbona y se conservan actualmente en la Biblioteca Nacional de Paris.

El legado de Limoges denota su marcado interés por la homilética (en su vertiente más popular) y por la medicina, aparte de la teología. El mismo escribió algunos comentarios a obras de Fournival y un tratado sobre el cometa de 1299. Temas todos ellos que no pueden ser pasados por alto, al mencionar su relación con Llull (SOLER, 1993: 93-105).

En la misma Sorbona encontraría Ramon a Thomas Le Myèsier, por aquellas fechas mencionado como socio del colegio y que estrecharía su relación con Llull en ocasiones posteriores, hasta llegar a ser su discípulo más aventajado.

El segundo centro que Llull frecuentó en su primera estancia parisina, y que estaba llamado a convertirse en importante estación del lulismo, fue la cartuja de Vauvert.

Todos estos contactos establecidos por Llull hicieron posible que diera a conocer su Arte, lo que la Vida recoge diciendo que “leyó públicamente su Arte”. Le dieron también la confianza suficiente como para dirigirse por escrito al rey (con quien posiblemente también se entrevistó), a un amigo y a la Universidad de París, presentándoles sus proyectos.

El esfuerzo de Ramon Llull por divulgar sus doctrinas, le llevó a constatar muy pronto las dificultades que originaba su peculiar vocabulario y sus inusuales conceptos. Muy concretamente lo indica el Compendium seu commentum Artis demonstrativae, el texto “leido” en París, en su capítulo final. Suplica Llull a sus lectores

...que no atiendan a la impropiedad de las palabras, que acaso no expresan plenamente lo que se quiere decir. Que no les moleste tampoco lo inusual del lenguaje, sino que aprendan esta forma de hablar al modo árabe (hunc ipsum modum loquendi arabicum), para poder así rechazar las objeciones de los infieles. Ciertamente, declinar los términos de las figuras, diciendo a partir de bondad bonificativo, bonificable, bonificar, bonificado... y así de cada uno de los términos propios del Arte, como se indica en la regla 31, no es un modo de hablar muy usual entre los latinos, pero es necesario declinarlo así, conforme la capacidad y operatividad de los términos de esta arte (MOG III, p. 450 = int. vi, p. 160).

Llull se refiere, como queda claro, al lenguaje necesario para aplicar su teoría de los correlativos, que irá llenando de modo creciente todo el sistema. Ahora bien, esta explícita referencia al “modo árabe”, prolonga otras declaraciones anteriores, como la redacción del Llibre d’amic e amat, según el modo de los sufis, o la composición del Cent noms de Deu. En conjunto indican que Llull creía que su sistema se adecuaba de lleno a la cultura árabe, convirtiéndose así en el mejor instrumento para la misión entre los musulmanes.

Que Ramon Llull iba tomando clara conciencia de las dificultades de su sistema, lo deja entrever en una forma quizás más existencial un pasaje del extensísimo libro titulado Quaestiones per Artem demonstrativam seu inventivam solubiles, elaborado con toda probabilidad durante estos meses en París. En él se presenta, a través del Arte, la solución a 206 cuestiones, entre las que encontramos temas de teología, de filosofía, de antropología o de física. Nos topamos incluso con una discusión sobre las mareas del océano Atlántico, que incluye, además, una explicación de las manchas lunares.

En el prólogo de esta obra Llull advierte que “algunas veces, para expresar bien el pensamiento, caemos en impropiedades de una expresión correcta”. Ruega que se superen estas impropiedades expresivas y se busque el verdadero significado que se quiere transmitir. Justifica, finalmente, que la sospecha de error que ciertas expresiones pueden alimentar, “no debe imputarse a deficiencia del Arte, sino a la propia impericia” del autor (MOG IV, p. 17s = int. iii, p. 1s).

La preocupación de Llull por divulgar el Arte no se limitaba a los círculos universitarios. Destinado a un público más amplio, escribe el Llibre de Meravelles. En él manifiesta las intenciones que le llevaron a París:

Un hombre, que mucho había trabajado al servicio de la Iglesia romana, fue a París y dijo al rey de Francia y a la Universidad de París, que en París fuesen construidos monasterios donde se aprendiesen las lenguas de los infieles, y que a estas lenguas se tradujese el Art demostrativa; y que con aquel Art demostrativa se fuese a los tártaros, y se les predicase y enseñara el Arte. De aquellos tártaros serían invitados algunos a París para enseñarles nuestra ciencia y nuestra lengua, para que después fueran de nuevo mandados a sus tierras. Todas estas cosas y muchas más suplicó aquel hombre al rey y a la Universidad de París, pidiendo que todo fuera confirmado por el Papa a perpetuidad. De esta forma se expandería la fe romana, pues quien convierta los tártaros, los habitantes de Liconia y los restantes gentiles, conseguirá destruir los musulmanes. De esta forma, por vía de martirio y por grandeza de amor, todo el mundo podría ser incorporado a la cristiandad (Llibre de Meravelles).

Señalemos, por otra parte, que el Llibre de meravelles incluye el Llibre de les bèsties, con material dependiente de la tradición del Calila y Dimna.

VII. Revisión del Arte

Es indudable que, en conjunto, la estancia en París fue para Ramon Llull una experiencia dolorosa: el Arte no era comprendido ni aceptado. Consecuentemnte, todas las iniciativas a favor de la misión, que para Llull formaban un todo con la aceptación y el uso del Arte, estaban condenadas al fracaso. Podía pensarse que las personas responsables no estaban moralmente dispuestas para asumir estos compromisos, pero en estos momentos, en la conciencia del convertido que Llull era, la duda se vuelve contra uno mismo. Llull duda de su capacidad y del valor de su entrega. Se insinua, sin duda, la grave crisis autodestructiva que padecerá tres años después.

De momento la reacción de Llull es creativa. Aproximándose ya a los sesenta años de edad, va a responder a las dificultades emprendiendo una revisión muy profunda del Arte. Lo resume cabalmente la Vida:

Habiendo leido en París aquel comentario, y visto el proceder del mundo académico (viso modo scholarium), regresó a Montpellier. Aquí redactó de nuevo y expuso el mismo libro, llamándolo Ars veritatis inventiva. En este libro, y en los restantes que a partir de entonces escribió, introdujo sólo cuatro figuras, podando o, por así decir, disimulando doce de las dieciséis figuras de que constaba antes su Arte, habida cuenta la fragilidad del entendimiento humano de la que hubo evidencia en París. Y una vez concluido todo este trabajo en Montpellier, se puso de camino y llegó a Génova. Haciendo un breve alto en esta ciudad, tradujo al árabe aquel libro, es decir el Ars inventiva (VC 19, ROL VIII, p. 283s).

Ramon llull retornó a Montpellier posiblemente el verano de 1289. Tal vez sólo de paso para asistir al capítulo general de los franciscanos, que se celebró en Rieti. En cualquier caso, trabajaría en Montpellier durante el invierno de 1289 y hasta el otoño de 1290. Son los meses en que redacta no sólo la extensa y decisiva Ars inventiva veritatis, sino también la importante Art amativa.

Si la primera obra es el intento de salir al encuentro de las dificultades de comprensión que presentaba el complicado mecanismo del Arte, el Art amativa da cuenta de otra constatación por parte de Llull, y de la cual irá adquiriendo cada vez mayor consciencia. Para Llull la reacción de rechazo encontrada en París se debe también a la falta de convencimiento religioso, a la orientación unilateral hacia un intelectualismo falto de verdadera convicción religiosa, falto de amor. Ciencia y “amancia” deben ser procuradas con el mismo empeño y deben cultivarse por unos mismos procedimientos.

Desde su origen, en el Llibre de contemplació, el sistema de Ramon Llull quiere construir esta unidad en el creyente, convencido de que el primer mandamiento de la ley divina ordena amar a Dios con todo el entendimiento y con todo el corazón. Tampoco puede olvidar que todo esto se halla al servicio de la misión. Junto a la advertencia de la necesidad de recurrir a “algunas palabras extrañas”, formula su propósito de traducir la obra al árabe. Pensando incluso en sus lectores musulmanes, como también en judíos, cismáticos o paganos, advierte que no va a tratar explícitamente del misterio de la Trinidad ni de la Encarnación. Después, pasadas las primeras partes expositivas del mecanismo del Arte, la obra se llena toda de la presencia del amigo y del amado, con páginas no inferiores en emoción a las del Llibre d’amic e amat.

Durante los meses que Ramon Llull permaneció en Montpellier, se siguieron una serie de acontecimientos que le involucraron de alguna manera. El primero y más significativo fue la elección de Ramon Gaufredi como ministro general de la orden franciscana, en mayo de 1289. La elección tuvo en si misma una relevancia particular para la historia de la orden. Eran momentos en que la corriente de los espirituales estaba alcanzando una mayor expansión. En este contexto Gaufredi tuvo que ocuparse de inmediato de los casos de Pedro Juan Olivi, con el cual pocos años antes se había llegado a un frágil compromiso, y de Angelo Clareno, recluido con sus compañeros en el momento de la elección de Gaufredi.

Para la solución del caso de Clareno, Gaufredi contó con el auxilio providencial de una petición del rey de Armenia Hetum II, para que mandara a aquellas tierras un grupo de franciscanos. Clareno y algunos de sus compañeros se dirigieron a Asia Menor, donde permanecieron muy pocos años.

La presencia latina en Oriente, por otra parte, era un tema candente en aquellos meses. En abril de 1289 había caido en manos egipcias la ciudad de Trípoli, en Siria, dejando a los latinos encerrados en Acre. Sin que la reacción despertada en Occidente fuera muy profunda, con todo hubo una serie de iniciativas y diversos grupos de cruzados zarparon al auxilio de los latinos de Palestina. Una muestra de las contradicciones que minaban estas empresas, la entrevemos en el hecho que, el mes de diciembre del mismo año, Alberto Spinola, al frente de una legación genovesa, se halla en El Cairo tratando de conseguir un tratado comercial ventajoso. No era, por cierto, el único en tales intentos. Finalmente Acre fue abatido en mayo de 1291, y se puso fin a la presencia latina en Palestina.

Estos dos hechos influyeron en los proyectos de Ramon Llull, el segundo de un modo más evidente. En efecto, el 26 de octubre de 1290, Ramon Gaufredi entregó a Llull una carta de recomendación. En ella el general franciscano elogiaba la persona y la enseñanza de Ramon Llull, y pedía a los ministros de las provincias de Apulia, Génova y Siria que le acogieran en sus conventos y le permitieran explicar el Arte.

El segundo hecho, la situación desastrosa de los territorios sirios ocupados por los cristianos, fue posiblemente la razón que llevó a Ramon Llull a Roma. Una vez en la corte romana, redactó un Tratado de la manera de convertir a los infieles que, precedido de una carta de súplica conocida como De qué modo puede ser recuperada Tierra Santa, debía ser presentada a Nicolás IV. Se trata de la primera vez en que Llull expone de forma sistemática su idea de la misión y la une con la estrategia de la cruzada.

VIII. La crisis de Génova

De Montpellier a Roma la primera etapa del viaje fue Génova. Génova es una ciudad de cierta relevancia en el itinerario luliano. Las relaciones de Llull con la familia genovesa Spinola quedan documentadas por una carta de Cristiano Spinola a Jaime II de Aragón (4 septiembre 1308) y por las disposiciones testamentarias de Llull, que manda entregar un volumen con algunos de sus escritos a Parceval Spinola. Estos datos parecen indicar que Ramon Llull estaba familiarizado con el círculo de comerciantes que dirigían la exitosa política de la República.

Tampoco en esta ocasión tuvo Ramon Llull mucho éxito en Roma. La Vida lo expresa con estas palabras:

Una vez ahí, viendo que adelantaba poco en sus intentos, a causa de los obstáculos de la curia, deliberó regresar a Génova, con el propósito de embarcarse hacia tierras sarracenas y comprobar si, aunque solo, podía conseguir algo, dialogando con sus sabios y explicándoles según el Arte, que Dios le había dado, la encarnación del Hijo de Dios y la beatísima trinidad de las personas divinas en la suma unidad de esencia. Los sarracenos no creen en la Trinidad; es más, como ciegos afirman que nosostros, los cristianos, adoramos tres dioses (VC 19, ROL VIII, p. 284).

Conociendo el estilo literario de la Vida, estas frases nos hacen sospechar que sirven de prólogo a una narración de hechos mucho más detallada. Efectivamente, estas palabras introducen más de tres capítulos dedicados a un único acontecimiento: la primera misión personal de Llull en el Norte de Africa. La narración incluye dos episodios: una grave crisis psicológica, causada por las dudas que asaltan a Ramon en el momento de zarpar, y, en segundo lugar, el esquema del diálogo mantrenido por Llull con los “expertos en la ley de Mahoma”, que era anunciado en las palabras mencionadas. Siguiendo los pasos de la narración de la Vida, podemos resumir esta secuencia de hechos:

Ramon Llull llegó a Génova despertando una gran expectación entre la gente, tanto por su inminente misión en Africa, como por ser “portador de una ciencia para la conversión de los infieles recibida de Dios en una montaña”. En el momento de zarpar, cuando en la nave se habían cargado ya “sus libros y todo lo necesario”, Ramon sufre “una tentación gravísima”. El pensamiento de una muerte inmediata o de una cárcel perpetua “le paralizan presa de pánico” y desiste de embarcarse. Después, cuando la nave ha levado anclas, le asaltan los remordimientos por el enorme escándalo dado y “se abisma en la desesperación”, enfermando muy gravemente.

La cronología más segura de esta secuencia de hechos nos lleva a pensar que Ramon, llegado a Roma a finales de 1290, dejó la ciudad antes de finalizar 1291, cansado de enfrentarse a los impedimentos de la curia. Muy pocos meses después estaría dispuesto su traslado a Túnez. Probablemente, a lo más tardar, en la primavera de 1292 entraría en la crisis que alcanzaría su punto crítico en mayo de 1293, en la fiesta de Pentecostés. Ramon Llull tenía 60 años. Y precisamente en enero de 1292 la intervención de Jaime II en la marcha del monasterio de Miramar parece estar confirmando el fracaso del proyecto luliano.

La narración de los hechos presentada por la de la Vida coetanea constituye un documento excepcional. En ella encontramos diversos episodios que hay que valorar en referencia al núcleo de la crisis: la angustia del creyente ante la propia incapacidad para someterse al sacrificio que le pide su conciencia religiosa.

Los hechos más decisivos ocurrieron en torno a Pentecostés de 1293. Ramon es conducido al convento de los dominicos mientras se cantaba el "Veni Creator". Las invocaciones al Paráclito, el iluminador, le sumen en un estado de profunda depresión. Totalmente decaido debe ser llevado a una cama para reposar. Es entonces cuando imagina una luz sobre el convento y oye una voz que le indica: "En esta orden hallarás la salvación".

Interpretando estas palabras como una indicación sobre su vocación, pide ser admitido en la orden. El estudio de su petición es postergado por ausencia del prior.

Vuelto a su casa Llull medita de nuevo sobre su situación. Recuerda que hasta este momento quienes prestaron más atención a su Arte fueron los franciscanos. ¿No sería, por tanto, más aconsejable ingresar en esta orden? Nuevos símbolos acompañan a sus pensamientos. Mientras un cordón como los usados por los franciscanos aparece dibujado sobre la pared, como si aprobara su cambio de opinión, se oye otra vez la voz anterior que le recuerda que su salvación está en la orden de los Predicadores.

El conflicto alcanza su punto álgido. Es cuestión de vida o muerte. Según la narración de la Vita se trata de un conflicto entre Ramon Llull y su obra. La alternativa, tal como la piensa Llull, se plantea entre su propia salvación en la orden de los Predicadores, pero condenando a la esterilidad su Arte, y su propia condenación en la orden franciscana, pero asegurando la pervivencia de su Arte. Ramon prefiere su propia condenación y pide el hábito franciscano. En respuesta recibe la promesa de que lo recibirá en el momento de su muerte. Tal vez porque las constituciones establecían que “los eremitas no sean recibidos en nuestra orden”.

Como si de un medieval juicio de Dios se tratara, la Vita coetanea prosigue la narración con otro episodio. En el momento de comulgar Ramon vuelve la cabeza para no tomar la comunión. La hostia en manos del sacerdote le sigue. Lucha titánica; momento en que consumar su condenación. De nuevo el triunfo del Arte. Postrado a los pies del sacerdote "tomó el Cuerpo de Cristo, para que por esta fingida devoción salvara el Arte".

El relato nos ha sumergido con una gradación magistral en el centro más importante de toda la vida de Llull. Del temor al sufrimiento antes de zarpar se ha pasado al supremo sacrificio espiritual al asumir su propia condenación. Lo que le espera a cambio es la pervivencia del Arte, del "libro mejor" que se había propuesto desde un principio y que le había sido manifestado en el monte.

Nada pasa desapercibido al redactor de la Vita. El supremo sacrificio que Ramon ha hecho de su vida le recuerda ni más ni menos que la prueba de Abraham y su fe contra toda esperanza. Así también, Ramon Llull, envuelto en las tinieblas de la duda, ha mantenido el amor a Dios y al prójimo por encima del amor a su propia persona.

Renacido en la prueba, debilitado todavía por la enfermedad, apenas se entera de que una nave parte hacia Túnez, Ramon Llull intenta zarpar. La primera vez será rescatado de la nave por unos amigos que le creen aún a las puertas de la muerte. Pasarán, sin embargo, pocos días para que Llull lo intente de nuevo, esta vez con éxito.

IX. Primer viaje misional a Africa

Hacia el mes de septiembre de 1293 Ramon Llull llega a Túnez e inicia su campaña misionera. Empieza a establecer contactos con los círculos intelectuales de la ciudad y se reune con ellos cada vez en mayor número. Llull les mueve al diálogo asegurándoles que si por su parte presentan argumentos convincentes, él mismo abrazará el islam. El a su vez expone los su­yos siguiendo el Arte.

La noticia de los encuentros promovidos por Llull llegó a conocimiento de las autoridades y se propone su ejecución. Alguien, sin embargo, recuerda las posibles consecuencias políticas de tal ejecución y se decide la expulsión de Ramon. Mientras es conducido de la prisión a una nave genovesa donde será recluido, Llull es objeto de la indignación de la plebe que le amenaza con la lapidación.

Ramon se resiste a abandonar el campo de batalla. Consigue fugarse de la nave en que estaba recluido y esconderse en otra, a la espera del momento propicio para saltar de nuevo a tierra. Le sería imposible. Por aquellos mismos días un cristiano que se parecía algo a Llull en el vestido y por su barba, es asaltado por la gente que le había confundido con el misionero y por poco pierde la vida a sus manos. Ante tales circunstancias Ramon acepta zarpar rumbo a Nápoles.

Es preciso reconocer que el relato de la estancia de Llull en Túnez es bastante verosímil. En efecto, la actividad misionera en el norte de Africa se había guiado tradicionalmente por la idea de conseguir en primer lugar la conversión de los soberanos y responsables religiosos. En cambio el contacto con la población era más difícil y prácticamente inexistente. En definitiva, el buen entendimiento, que era la norma de la política exterior de los estados de Ifriqîya, se limitaba a asegurar las bases de un comercio estable y provechoso por ambas partes. Para ello se exigía el respeto y la no ingerencia en los asuntos internos, los religiosos en primer término. Ramon Llull parece aceptar de lleno esta estrategia. De hecho casi siempre se mantendrá fiel al programa de una campaña misionera dirigida ante todo a la élite responsable política y culturalmente. La inexactitud de su conocimiento de la realidad de la sociedad musulmana le ocultaba la inviabilidad de tal programa.

De su estancia en Africa Ramon Llull trajo a medio hacer la Tabla general, que ultima en Nápoles en enero de 1294. Es un compendio del Arte que va señalando el interés de Llull en conseguir un resumen cada vez má comprensible y operativo de todo su sistema. Junto a esta obra otros escritos están fechados en Nápoles: Libro de “affatus”, Libro de los cinco sabios, Flores de amor y de inteligencia.

Mientras tanto, Llull busca continuar de algún modo su diálogo misionero con los musulmanes. El 1 de febrero, el intendente del rey Carlos II de Nápoles, escribe al capitán real de Lucera, comunicándole que el “discretus v[ir] Raymundus Lul” quiere ir a la ciudad “para hablar (ad conferendum) con los sarracenos acerca de la fe católica”. Se le ordena que ayuda “al maestro Ramon” en todo lo que sea necesario. La autorización es válida para un año. Federico II había hecho de Lucera un importante bastión en su lucha contra el Papado, concentrando en la ciudad en etapas sucesivas (de 1224 a 1239) la población musulmana de lugares vecinos.

No sabemos en qué acabó la visita de Llull, pero un documento del mes de mayo nos hace sospechar que informó al rey de graves irregularidades y presionó para que se tomaran medidas. Nos referimos a una disposición real, fechada el 12 de mayo, en la que el rey da cuenta haber sabido por diferentes informantes que en Lucera se han dado casos de cristianos convertidos al islamismo. Carlos dispone que se les llame ante el inquisidor, y quienes en el plazo de un año no hayan acudido, que sean perseguidos judicialmente. En este mismo día el rey extiende un salvoconducto comunicando al castellano de San Salvador, el llamado Castel dell’Ovo, que el mag. Raymundum Lulii puede entrevistarse (loqui et conferre) con los sarracenos encerrados allí. El castellano deberá estar presente y escuchar las conversaciones (EGIDI, 1917: 32-33).

X. La elección de Celestino V y estancia de Llull en Roma

La Vida prolonga la estancia de Ramon en Nápoles hasta la elección del Papa Celestino V, acaecida el 5 de julio de 1294. Inmediatamente después dice que “se dirigió a la corte romana”. La cesura que esta redacción podría denotar, daría lugar a un breve viaje de Llull a Barcelona y, quizás, a Mallorca. Sin poder concretar si partió después de la elección o antes, lo que parecería más lógico desde el punto de vista del modo de actuar de Llull, éste se hallaría en Barcelona el 29 de julio. En tal fecha, una resolución judicial tomada en Barcelona, atiende la queja de Llull y exige que a él o a su procurador en Mallorca, les sea restituida una cantidad de dinero que había recibido en calidad de albacea de un tal Pere Ruis y que estaba destinada a los pobres; cantidad que fue depositada en el monasterio de La Real y en manos de otra persona, quienes ahora se negaban a restituirla.

Después Llull pasaría a Mallorca, donde entregaría a su hijo el Arbol de filosofía (Arbor philosophiae desideratae). Se trata de un texto dirigido a su hijo en el que expone los principios del Arte. El texto, que en gran parte sigue la formulación que se estandariza a partir de Tabla general, es comentado en algunos capítulos en un tono de exhortación moral. Un tono íntimo y personal que nos permite recoger un dato relevante para la biografía de Llull, una referencia a su esposa ya fallecida: “Considera el fin, hijo, según tres modos, es decir, el fin que es privación de las cosas que eran y no son, como tu madre, que era y llegó a su fin...” (Arbre de filosofia desiderat d.1, p. 3, I.6, ORL XVII, p. 415).

La elección del Papa Celestino V despertó muchas expectativas en un sector de la Iglesia especialmente interesado por la reforma en el interior de la cristiandad. La corte del nuevo Papa atrajo gran número de personajes interesados en esta reforma, como, por ejemplo, el franciscano Angelo Clareno, al cual podría haber conocido Llull en esta ocasión. Ramon entrevió una nueva posibilidad de conseguir que sus proyectos misioneros fueran acogidos y apoyados por las más altas instancias eclesiales. Ese era el objetivo de su Petición de Ramon a favor de la conversión de los infieles, al Papa Celestino V.

En diciembre de 1294 Celestino V renunció al Papado. Al mes siguiente, también en Nápoles, se produce la elección de Bonifacio VIII, que se dirige de inmediato a Roma. Ramon Llull continuó firme en sus gestiones, “si bien tuvo que sufrir muchas dificultades, siguiendo repetidas veces al sumo Pontífice” en sus frecuentes desplazamientos, nos informa la Vida. Llull presentó al nuevo Papa otra petición, en casi idénticos términos que la presentada a su antecesor.

Al mismo tiempo el invierno de 1294 inaugura un periodo extraordinariamente prolífico en la redacción de nuevas e importantes obras, periodo que se extiende hasta la partida de Llull a finales de 1296. Aparte algunos extensos escritos de lectura del Arte dos son las obras más destacadas: Desconort y Arbol de ciencia.

El Arbol de ciencia, la segunda obra en extensión de las escritas por Llull, fue redactado “en el año de la encarnación de nuestro Señor Dios 1295, del día de san Miguel al día de las calendas de abril”; es decir, del 29 de septiembre de 1295 al 1 de abril de 1296. Fue compilado “en la ciudad de Roma y colocado sobre el altar mayor de san Pedro, siendo encomendado a nuestra Señora, a los ángeles y a los santos que descansan en Roma”.

El Arbol de ciencia está construido usando las figuras de árboles, pero se trata explícitamenmte de una exposición para “poder mostrar perfectamente su Arte general”. El esfuerzo que supone acometer una obra tan extensa, es la reacción a la decepción sufrida ante la inutilidad de sus gestiones en la corte pontifícia. En la narración que sirve de prólogo, se cuenta que “Ramon se encontraba desconsolado y llorando”, cuando vino a su encuentro un ermitaño que “por el hábito que le vio puesto y la gran barba que Ramon llevaba, pensó que se trataba de un religioso procedente de algún extraño país”. Es el ermitaño quien le anima a coger de nuevo la pluma, al escuchar las quejas de Ramon porque, dice: “mis libros son poco apreciados, y os aseguro que muchas personas me consideran loco”.

Este argumento es el hilo conductor del diálogo que conforma el Desconort. En este bellísimo y dolido poema, Llull plasma la confesión más íntima de su trayectoria vital, de sus propósitos, de sus fracasos, y también de sus esperanzas. Al desprecio, la incomprensión y la soledad, Llull contrapone la firme confianza en la gracia de Dios, representada en el don del Arte, y la rectitud de un proyecto misionero fundamentado en una comprensión de la fe capaz de ser expuesta demostrativamente (sobre la centralidad del tema del Arte en el poema cf. F. DOMINGUEZ Randa, 1986). Si han resultado inútiles el abandono de su familia, la fundación de Miramar, sus viajes numerosos, sus escritos, sus gestiones todas, sólo resta ya, dice Llull, “volver a tierras de sarracenos, para que pueda conducirles a la fe; voy sin temor a la muerte”.

Pero, desde Roma, el camino que emprendió Llull no se dirigía a Africa, sino nuevamente al centro intelectual de la cristiandad, a París.

La primera etapa fue Génova, donde, según asegura la Vida, “escribió algunos libros”, si bien la reconstrucción del catálogo luliano no permite identificar ninguno como escrito en esta ocasión. Después, Llull acude “a entrevistarse con el rey de Mallorca”, cosa que tendría lugar en Perpignan, la residencia real habitual, o en Montpellier.

XI. Segundo viaje a París

La segunda visita de Llull a París merece estas pocas palabras por parte del redactor de la Vida: “Después de la entrevista [con Jaime II de Mallorca] llegó a París, donde leyó en público su Arte y redactó bastantes obras. Luego se entrevistó con el rey, presentándole algunas peticiones relacionadas con asuntos muy provechosos para la santa Iglesia de Dios. Sin embargo, al ver que obtenía muy poco o nada con sus peticiones, regresó a Mallorca”.

Agosto de 1297 y julio de 1299 son las dos fechas que podemos recoger de la datación explícita de sus obras, para delimitar la estancia de Ramon Llull en París. Las palabras de la Vida, por otra parte, no parecen hacer justicia a la actividad desplegada por Llull, aunque sus éxitos siguen siendo escasos. En efecto, los escritos de estos dos años ofrecen un testimonio bastante fehaciente del contacto continuado de Llull con la Universidad de París. En primer lugar, nos topamos con el ya conocido Tomás Le Myèsier, que presenta a Llull cincuenta cuestiones y éste resuelve en una obra.

Su aproximación a la facultad de teología queda reflejada en otra obra, la más próxima en estructura al uso académico, que lleva por título Disputa de un ermitaño y Ramon sobre algunas cuestiones dudosas de las Sentencias del maestro Pedro Lombardo. Su interés y conocimiento de cuestiones pertenecientes a la facultad de artes, se revela en el Tratado de nueva astronomía y en el curioso Libro de nueva geometría. Entre las obras que se ocupan más directamente del Arte, se halla el Ars compendiosa, de la que muchos fragmentos serán repetidos literalmente en numerosas obras posteriores. Finalmente, el escrito Contemplación de Ramon y la ubicación del Arbol de filosofía de amor, “en un bello bosque cerca de París”, apuntan a los contactos que Llull mantuvo con los cartujos de Vauvert.

Como testimonio pervive un manuscrito que contiene el primer volumen de la traducción latina del Libro de contemplación. En el verso del primer folio de este manuscrito se lee: “Yo Raymundus Lul dono este libro al convento de hermanos de la cartuja de Paris”. Una segundo mano añade: “Este es el primer volumen de meditaciones de maestro Ramon que él donó a los hermanos y a la casa de Vauvert, cerca de París, con los otros dos volúmenes siguientes. En el año de gracia 1298”.

Otro indicio de la inmersión de Ramon Llull en el mundo universitario de París, nos la da el escrito Declaración de Ramon, escrita en forma de diálogo, contra las opiniones erróneas de algunos filósofos y de sus secuaces, condenadas por el Obispo de París. Llull toma como punto de partida el catálogo de 219 artículos condenados en marzo de 1277, que a su vez ampliaba una serie de tesis rechadas en noviembre de 1270.

El procedimiento peculiar con que fueron recogias y redactadas estas tesis, no identificaba claramente a sus autores. Por esta razón, no fue difícil crear una etiqueta lo suficientemente general para englobar a todos o a la mayor parte de estos errores. Esta etiqueta fue la de “averroismo”, y Ramon Llull hizo un generoso uso de esta denominación, sobre todo en su tercera visita a París.

Toda la actividad de Llull durante estos dos años en París, se cierra con la frase de la Vida: “al ver que obtenía muy poco o nada con sus peticiones, regresó a Mallorca”. Es el estado de ánimo que se refleja en el poema intimista y autobiográfico Canto de Ramon, escrito al final de su estancia en París, o ya de nuevo en Mallorca, si bien el poema no hace sino resumir los puntos centrales expuestos en el Desconort. En sus propias palabras Ramon se describe de esta forma:

Soy un hombre viejo, pobre, despreciado.
No he obtenido ayuda de nadie;
promoví acciones de envergadura
recorriendo sin cesar el mundo.
Me comporté ejemplarmente,
pero soy poco conocido y querido.
Deseo morir en piélago de amor.
(“Son hom veyl paubre meinspreat;
no ay ajuda d ome nat
e ay trop gran fayt emparat;
gran res ai de lo mon sercat;
mant bon exempli ay donat;
poc son conegut e amat.
Vuyl morir en pélec d amor.”
(Cant de Ramon, vv. 43-49, ORL XIX, p. 258-259).

La mención del martirio suele aparecer en todas las ocasiones en que Llull opta por la acción misionera personal, y su viaje a Mallorca es presentado como viaje misional. En palabras de la Vida, Llull permaneció un tiempo en Mallorca “intentando a través de disputas y sermones conducir al camino de la salvación a los innumerables sarracenos que ahí vivían”.El cronista exagera al calificar de “innumerables” los musulmanes residentes en Mallorca, pero la actividad misionera de Llull está documentada por el permiso que el rey de Aragón le concedió el 30 de octubre de 1299 (sobre la situación social y económica de los musulmanes residentes en Mallorca cf. LOURIE, 1970: 624-649).

La licencia le facultaba para acudir a las mezquitas y sinagogas, los viernes y los sábados, y dirigirse a los reunidos. Estos nos indica que Ramon, camino de Mallorca, se detuvo en Barcelona, donde, además, escribió algunas obras. Una vez en Mallorca, acompañó su predicación con la redacción de otras obras expresamente pensadas para los judíos y musulmanes. Toda esta actividad quedará interrumpida por una noticia inesperada, la ocupación de Tierra Santa por los mongoles.

XII. Viaje a Oriente

Ramon Llull compartía la opinión, bastante extendida en su época, según la cual los mongoles eran unos aliados potenciales de Occidente frente al poder musulmán. De hecho, el dominio que habían conseguido sobre Irán y sus intermitentes incursiones sobre Siria, les acreditaban como fuerza capaz de doblegar los poderosos ejércitos egipcios que habían expulsado a los cristianos de sus posesiones de Siria y Palestina.

Los mongoles habían logrado la alianza de los reyes de Armenia la Menor y habían establecido buenas relaciones con los emperadores de Bizancio. Sus cartas a los Papas y a los reyes de Occidente eran bien recibidas, aunque nunca se pasara de las buenas palabras a los hechos concretos. Inclusive la embajada que, dirigida por Rabban Sauma, llegó a Roma en junio de 1287 y acudió después a París, obtuvo un recibimiento espléndido, pero que no se tradujo en acciones concretas.

Los hechos eran bien conocidos por Llull. Tal vez sus informaciones procedían de fuentes muy directas. Quizá de la misma legación de Rabban Sauma, pues Llull recorre el mismo itinerario con pocos días de diferencia. También cabría la posibilidad de que en su segunda visita a París (1297-1299) y en la cartuja de Vauvert hubiera conocido al príncipe armeno Aiton, autor de Flores historiarum Terrae Orientis. La misma casa real de Aragón intercambió cartas y legaciones con los ilcanes persas.

A pesar de que la ayuda de Occidente eran sólo promesas, el ilcan Gazan inició una de sus campaña contra Siria el mes de octubre de 1299. Al penetrar en Siria se le unió el rey Hetum de Armenia, personaje enigmático, de vida azarosa, que tras sucesivas renuncias al trono había vuelto a tomar las riendas del gobierno sin abandonar su hábito de franciscano. Las tropas mongoles y las reducidas huestes de su aliado armeno combatieron y derrotaron a los egipcios cerca de Hims y los persiguieron hasta las proximidades de Gaza. El relato pronto magnificó los acontecimientos y la figura del rey armeno con su hábito franciscano persiguiendo a los musulmanes en desbandada reavivó viejas esperanzas de cruzados. Se dijo incluso que Jerusalén había sido conquistada.

La victoria de Hims suscitó alguna reacción entre los aliados cristianos más próximos al escenario de los hechos. Desde Chipre se improvisaron algunas expediciones, compuestas en su mayor parte por contingentes de las órdenes militares. Cuando éstas llegaron a las costas Sirias las tropas mongoles ya se habían retirado de nuevo a Persia. A pesar de los esfuerzos de los correos, los hechos se sucedían com mayor rapidez que sus noticias. Tarde llegaron los refuerzos latinos y tarde llegó la entusiástica carta de felicitación que Jaime II de Aragón mandó a Gazan en mayo de 1300.

Tarde llegó también Ramon Llull a Chipre a finales de verano de 1301, más de un año después de los acontecimientos. Con toda razón escribe la Vida coetanea: "al llegar allí se encontró con que sus informaciones eran poco menos que falsas". Sin embargo su viaje no resultó vano. En primer lugar, intentó conseguir del rey de Chipre que reuniera “algunos infieles y cismáticos, es decir jacobitas, nestorianos y ‘moniminos’ para que acudieran a disputar con él”.

Ante el poco interés con que fueron acogidas sus sugerencias, Ramon pasó a Armenia, en cuyo puerto de Ayas, en enero de 1302, escribió una pequeña obra, un catecismo elemental, con el título Lo que el hombre debe creer de Dios. Posiblemente fue durante su estancia en Asia Menor cuando fue objeto de un intento de envenenamiento por parte de dos acompañantes que le habían sido asignados. Ramon Llull se repondrá de este trance acogido por la hospitalidad del poderoso Maestre General del Temple Jacques de Molay, que algunos años depués será condenado a la hoguera por Felipe IV de Francia.

A pesar del silencio de la Vida coetanea puede darse por seguro que, una vez repuesto, desde Chipre Llull visitó Jerusalén. El recuerdo de este viaje se refleja en un pasaje del Liber de fine en que las palabras de Llull difícilmente pueden ser tildadas de mero recurso retórico:

Más de una vez permanecí junto al altar de san Pedro en Roma. Le ví con mucho adorno, bien iluminado. Vi como celebran en él el Papa con sus cardenales, con asistencia de un gran coro que alaba y bendice a nuestro Señor Jesucristo. Existe, sin embargo, otro altar que es el ejemplar y el señor de todos los demás. Cuando yo lo vi, solamente dos lámparas lo iluminaban, y una de ellas rota. La ciudad se halla tan despoblada que apenas pueden contarse cincuenta moradores. Por doquier acechan serpientes en sus covachuelas. Y eso, con ser aquella ciudad más sublime que todas las demás ciudades, hablando a lo divino (Liber de fine).

Cuando, algunas décadas después, la situación en Palestina se haya apaciguado bajo el dominio de Egipto y se haya reiniciado el flujo de peregrinos, las primeras crónicas de sus visitas confirman casi literalmente lo descrito por Ramon Llull.

XIII. Segundo viaje misional a Africa

No nos es conocida la fecha del regreso de Ramon. Cierto es que en mayo de 1303 se hallaba en Génova, donde finaliza su Lógica nueva. La Vida, por su parte, se limita a resumir: “Después de esto, Ramon se embarcó hacia Génova, donde escribió muchos libros”. En realidad, estas escuetas palabras cubren dos años en que Llull alterna su residencia entre Génova y Montpellier, y llega a escribir 18 obras, una de ellas, el Libro de la predicación, de considerable extensión. Entre otras obras, aparte las mencionadas, se encuentran el Libro del ascenso y descenso del entendimiento y el Liber de fine.

El título de este último podría traducirse como Libro sobre el objetivo. Se trata, en efecto, de una obra en la que Llull explica su opinión sobre los medios que deben ponerse en práctica para alcanzar el objetivo de la conversión de los infieles, y que son, fundamentalmente, la disputa religiosa y la cruzada. Después, repasa su producción literaria destacando aquellos escritos que mejor se adaptan al objetivo de disputa.

A través del rey de Aragón, el Liber de fine llegó a manos del Papa Clemente V, de cuyo hecho Llull dará fe en un escrito posterior con las palabras: “estoy muy seguro de ello, porque yo estaba presente”. La ocasión la había deparado la coronación del Papa en Lyon, en octubre de 1305, a cuyos actos, además de Jaime II de Aragón, asistió también el rey de Mallorca. En las propuestas de cruzada que incluye, Ramon Llull refleja la información recogida en su viaje a Oriente y retoma el itinerario del Norte de Africa, haciéndolo partir del sur de España. Itinerario que recuerda los viejos planes intentados sin éxito por san Luís de Francia, a quien invocaba Ramon en el Libro del hombre, de 1300: “señor san Luís, que fuisteis rey de Francia y ahora sois rey en el cielo” (Libre de home, ORL XXI, p. 151) - El rey Luís había sido proclamado santo en 1297, y Ramon Llull se encontraba en París cuando, en presencia del rey Felipe IV, sus reliquias fueron solemnemente exhumadas en agosto de 1298.

Antes de referirse a los acontecimientos de Lyon, la Vida escribe: “Luego se fue a París, donde expuso con éxito su Arte y donde escribió numerosos libros”. Ningún otro dato apoya esta afirmación de la Vida. Teniendo en cuenta que Ramon se hallaba en Barcelona los meses de junio a septiembre de 1306, regresando a Montpellier en octubre, y en Mallorca en la primavera siguiente, la breve visita a París podría haber tenido lugar entre esas dos fechas.

En su visita a Barcelona Ramon recibe dos ayudas monetarias de Jaime II de Aragón y escribe dos obras dirigidas a la misión entre los judíos. De nuevo en Montpellier, y habiendo constatado que las últimas gestiones, realizadas al más alto nivel, no conducían a nada efectivo, “Ramon regresó a Mallorca y zarpó a cierta tierra de sarracenos, que se llama Bugía”.

Su estancia en Bugía es relatada pormenorizadamente por la Vida, aunque la mayor parte de ella la pasó en prisión. Al llegar a Bugía Llull se presenta en la plaza pública y proclama en árabe que "la ley de los musulmanes es falsa y erronea". Sus palabras encienden la ira de la gente y a duras penas es rescatado de sus manos por las autoridades.

Según el testimonio de la Vida el interrogatorio a que se le somete se convierte en una discusión teológica en los estrictos términos del Arte. Se decide mandarlo a la cárcel. De camino - la Vida insiste en subrayar la passio de Llull - el populacho lo insulta, lo apalea, le mesa la barba... Cuando al día siguiente se quiere proseguir con el interrogatorio-discusión, uno de los doctores, que dice haber conocido a Llull con ocasión del trayecto de Génova a Túnez, aconseja que no se le dé ocasión de presentar sus razones, pues les sería "difícil e imposible refutarlas". Llull permanece en prisión, primero en muy malas condiciones, luego, a instancias de genoveses y catalanes, en una cárcel más benigna. Permanecerá recluido medio año, pero no inactivo. En su celda Llull recibe la visita de algunos sabios que quieren convertirlo al islam. El no rehu­ye el diálogo y presenta sus razones en contra. El resultado es un libro que lleva por título Disputa del cristiano Ramon con el sarraceno Hamar. Un decreto del sultán pone fin a sus actividades y expulsa al prisionero.

Las calamidades se cebaron de nuevo en aquel anciano que había sobrepasado ya los setenta años. Rumbo a Génova la nave naufraga a la altura de Pisa. Ramon y otro viajero logran salvarse en una balsa y llegan a tierra casi desnudos. En Pisa fueron recibidos con públicas manifestaciones de reconocimiento.

Apenas recuperado de su peripecia africana, Llull reemprende su actividad acostumbrada. En Pisa escribe el Ars brevis y en marzo de 1308, en el monasterio de san Domnino, remata una obra que había iniciado en Lyon a finales de 1305, la Ars generalis ultima, formulación prácticamente definitiva de aquel sistema que le ocupaba hacía ya más de treinta años y que tan complicado parecía resultar a sus oyentes y lectores.

En este punto la Vida, que resulta algo confusa por lo que a la cronología se refiere, da cuenta de cierto fervor popular a favor de los planes de Llull. Menciona que el consejo comunal de Pisa, convencido por las razones expuestas por Llull, decidió escribir “cartas al sumo Pontífice y a los cardenales”. “Cartas similares” obtuvo luego en Génova, donde, además, recibe el apoyo de “mujeres devotas y viudas”, y la promesa por parte de los nobles de ayudarle con un subsidio de 25.000 florines “para el socorro de la Tierra Santa”. De Génova Ramon se habría trasladado a Avignon y seguidamente a París.

XIV. Tercer viaje a París

En realidad, el itinerario desde Pisa a París es algo más complicado de como lo describe la Vida. Por otros datos que podemos recoger de sus obras o de otros documentos, es probable que Ramon Llull se hallara en Poitiers durante el verano de 1308 y se entrevistara tanto con el Papa Clemente V, como con el rey Felipe IV. En todo caso, a principios de septiembre de 1308 se hallaba en Génova, según consta en una carta de Cristiano Spinola a Jaime II de Aragón. En la carta se dice, además, que Llull se dirigía hacia Marsella para visitar a Arnau de Vilanova.

Se hallaba ya en Montpellier en octubre, permaneciendo en la ciudad por lo menos hasta abril de 1309. Sería en el verano de este año cuando habría tenido lugar su visita a Avignon y su entrevista con Clemente V, de la que da noticia la Vida.

Durante los meses en Montpellier, Ramon siguió dedicándose a la redacción de numerosas obras. En general son obras en las que se utiliza el mecanismo del Arte para estudiar un tema concreto, y así demostrar la validez del Arte. En algunas de estas obras Llull se refiere a Tomás de Aquino, Ricardo de Mediavilla y Egidio Romano, como autores de quienes toma algunas cuestiones que él resuelve por su método artístico.

En noviembre de 1309 Ramon Llull ha llegado de nuevo a París. La Vida, con cierto entusiasmo contenido, informa que a la lectura pública de su Arte y de sus otros libros “asistió una multitud, tanto de maestros como de escolares”. A continuación se expone el núcleo de los temas tratados y se da fe, sin más comentarios, de un nuevo gran objetivo de la actividad luliana: su lucha contra el averroismo.

La afirmación de la Vida estaba plenamente justificada. En febrero de 1310, cuarenta maestros y bachilleres de las facultades de Medicina y de Teología suscriben una carta de aprobación, después de haber escuchado las exposiciones de Llull sobre el Arte. El 2 de agosto, Felipe IV, después de entrevistarse con Llull, expide cartas de recomendación. Finalmente, el 9 de septiembre de 1311, el canciller de la Universidad de París, Francesco Croccioli, da por examinadas las obras de Llull y certifica su conformidad con la teología católica.

Las 27 obras que figuran en el catálogo luliano escritas en París entre noviembre de 1309 y septiembre de 1311, confirman plenamente la síntesis que la Vida hace de la enseñanza de Ramon Llull en París: “observaba que muchos se apartaban de la rectitud de la fe católica, al mantener que la fe cristiana es imposible según los principios del entendimiento, mientras opinaban que es verdadera según la fe”.

Para Ramon atacar esta doctrina era defender el principio básico de su Arte, la necesidad de una auténtica comprensión de la fe. Y el incluir en este combate a los maestros modernos, “averroistas”, de París, era luchar por la integridad de la fe en el seno de la cristiandad.

En las mismas palabras de Llull esta era la situación:

Algunos cristianos de gran renombre por su ciencia, cosa que resulta más vergonzosa y deplorable, afirman que la santa fe católica es más improbable que probable. Esto motiva una gran infamia entre los infieles, que deducen de ello que nuestra fe se queda en nada. Y quizás, de hecho, algunos de aquellos cristianos abrigan siniestras dudas contra la fe. Por otro lodao, algunos afirman que la fe es verdadera, pero que no lo es segón los principios del entendimiento. Es por eso que, con la ayuda del Espíritu Santo, con todas nuestras fuerzas intentaremos probar que la fe es no sólo verdadera, sino que también se puede probar (Liber, in quo declaratur, quod fides catholica est magis probabilis quam improbabilis. Prol., ROL VI, p. 328).

La lucha antiaverroista, y la explícita condenación de las obras de Averroes, entra a formar parte del conjunto de las eternas peticiones de Llull. En una obra dirigida al rey Felipe IV, la súplica final menciona: la vigilancia del rey sobre sus súbditos, para que “su reino no sólo se llame, sino que en realidad sea cristianísimo”; la fundación de cátedras de lenguas en el Estudio de París; la reunificación de las órdenes militares, dentro de un plan de financiación de la cruzada. En esta lista, en el segundo lugar, se incorpora la petición antiaverroista con estas palabras:

...eliminar las opiniones y las obras de Averroes, desterrándolas y extirpándolas del Estudio de París, de modo que en adelante nadie se atreva a citarlas, leerlas o escuchar comentarios sobre ellas, puesto que contienen nauseabundos errores contra nuestra santa fe. Y lo que es aun más peligroso, estos errores engendran cada día otros nuevos y más graves. Para un cristiano es inicuo y vergonzoso afirmar que la fe es más improbable o sólo aparente, que no explicable por pruebas, y eso dicen los seguidores del herético Averroes (Liber natalis pueri parvuli Christi Jesu, IV, 1, ROL VII, p. 69).

Durante estos meses de permanencia de Llull en París, dos sucesos debieron haber despertado su interés, aunque en ninguna parte encontremos trazas de ello. El primero fue el juicio de Jacques de Molay, reabierto en agosto de 1309 y cuyos avatares se prolongaron hasta la quema de Molay en 1314. Ramon Llull se había encontrado con el Gran Maestre del Temple por lo menos en una ocasión, en su visita a Chipre, y las consecuencias del proceso incidían directamente en una de las cuestiones defendidas por Llull: la unificación de las órdenes militares. A pesar de todo ello, no sabemos cómo siguió Llull el proceso, ni cual fue su posición.

El segundo suceso que pudo interesar a Llull fue el proceso y quema de Margarita de la Porrete. Una asamblea extraordinaria de los mejores teólogos de la Universidad dio luz verde al proceso en abril de 1309. En el mismo mes del año siguiente tocó el turno a los canonistas, que dictaminaron la culpabilidad de la beguina y la legalidad del proceso. La condena se resolvió el 9 de mayo y se hizo pública el 31 de mayo de 1310, un un solemne acto presidido por el obispo de París en la plaza de la Gréve. Acto que concluyó con la hoguera de Margarita, cuyos signos de piedad movieron a las lágrimas a muchos de los presentes, al decir de los cronistas.

Aunque no nos son conocidos en su integridad los capítulos de la acusación contra Margarita, los fragmentos conocidos apuntan a uno de los temas más llamativos de El espejo de las almas simples. En esta obra, en efecto, Margarita habla reiteradamente de como e alma perfecto “abandona las virtudes”, considerándolas una mediación que no puede ser ya el objeto de su búsqueda (Speculum simplicium animarum, CCCM LXIX, Brepols 1986; VERDEYEN, 1986: 47-94).

Curiosamente, entre los escritos de Llull de estos meses, casi todos ellos parte de su campaña contra los “maestros” e “intelectuales” “averroistas”, encontramos uno dirigido a un público más amplio (“plures homines”) y que trata del problema de la predestinación. El texto, nada fácil en su exposición de base, parece tener precisamente como objetivo el mostrar que la predestinación no dispensa en nada del esfuerzo en elegir y vivir el camino de las virtudes (Liber de praedestinatione et praescientia, ROL VI, p. 162-175). El escrito de Llull está fechado en abril de 1310, los días en que se resolvió la suerte de Margarita.

XV. El concilio de Vienne

La lista de peticiones que Llull había presentado en París, halló pronto ocasión de verse ampliada y precisada. En el verano de 1311 Clemente V convocó un Concilio General, a celebrar en la ciudad francesa de Vienne, cuyas sesiones deberían comenzar en octubre. Ramon Llull pone todas sus esperanzas - no exentas de algún amago de duda - en esta largamente deseada asamblea.

“Espero - escribe - que este Concilio se celebrará por Dios y para Dios, para que la santa fe católica sea enaltecida y destruidos los errores que se levantan contra ella. De lo contrario, el Concilio se convertiría en un escarnio y en un sinsentido, lo que reportaría un grave daño y sería reprobable ante Dios, y a sus fautores les aguardarían las penas del infierno. ¡Que esto no suceda!” (Liber de ente, quod simpliciter est per se et propter se existens et agens. Prol., ROL VIII, p. 191).

Las peticiones que prepara Llull para el Concilio de Vienne son estas diez:

1) fundación de tres colegios de lenguas, en Roma, París y Toledo;
2) unificación de las órdenes militares;
3) establecimiento de un diezmo para financiar la conquista de Tierra Santa y de todos los territorios ocupados por los sarracenos;
4) regulación de las prebendas eclesiásticas;
5) regulación de los hábitos de sacerdotes y religiosos;
6) suspensión de cátedra para los filósofos que atacan la teología;
7) sanciones extremas contra los usureros;
8) programación de predicación en mezquitas y sinagogas, los viernes y sábados, respectivamente;
9) reforma de los estudios de derecho;
10) reforma de los estudios de medicina.

Después de sus peticiones, Llull insiste en sus advertencias sobre el peligro de que el concilio se pierda “en menudencias”: “sería mejor que el concilio no se celebrara”. Por eso insiste “con todas las fuerzas, al Papa, reverendos señores cardenales, prelados, príncipes y barones, y comunes de las ciudades” (Liber de ente, quod simpliciter est per se et propter se existens et agens, VI, ROL VIII, p. 245). A todos ellos se dirige, con ingenio y un algo de insolencia, en el poema Lo concili, indicando las pautas de comportamiento que deben seguir en la asamblea.

Habían transcurrido ya cuarenta años desde que dirigiera hacia Dios todo su corazón y toda su alma, todas y cada una de sus fuerzas y toda su mente. En este lapso de tiempo, apenas tenía ocasión, había estado redactando libros con toda diligencia... Y pues quería que fueran útiles a todos, muchos de estos libros los escribió en árabe, ya que conocía esta lengua (VC 45, ROL VIII, p. 303-304).

Con estas palabras finaliza la narración de la Vida coetanea. Casualidad o propósito expreso, la obra es terminada justo a punto de ser difundida entre los que iban a reunirse en Vienne. Podría ser utilizada como presentación, el testimonio de una vida para avalar la propuesta elevada por escrito. Posiblemente Llull temía que fuera contraproducente la imagen que él ofrecía de sí mismo por los caminos de Europa, la imagen de foll (loco), que por sus propias palabras queda plasmada otra vez en la Disputa entre Pedro el clérigo y Ramon el fantasioso.

En los meses del concilio Ramon tuvo tiempo de seguir escribiendo sobre temas que resultan eco de sus preocupaciones en París. Mientras, la asamblea conciliar, como demuestran los decretos emanados, fue discutiendo un orden del día en que los temas de disciplina eclesiástica fueron los más numerosos. Con todo, de los temas sugeridos por Llull, algunos hallaron respuesta en las decisiones concialiares (GARCIAS PALOU, 1975: 343-358).

Dos decretos se refieren expresamente a la disciplina en los hábitos de los clérigos y de los religiosos. En otro se ordena a las autoridades que prohíban en sus territorios la práctica del culto por parte de los sarracenos. Fue en el decreto Inter sollicitudines donde el mayor y más duradero deseo de Llull halló acogida. Este decreto dispuso que se fundaran colegios de lenguas en la Curia papal, donde residiera, y en los estudios de París, Oxford, Bolonia y Salamanca. Deberían enseñarse el hebreo, el árabe y el caldeo.

Los maestros, por su parte, además de enseñar la lengua, deberían ir traduciendo obras de estas lenguas al latín. De los gastos de estos colegios, finalmente, debería hacerse cargo la curia romana, en el primer caso, el rey de Francia, en el caso de París, y la iglesia de la región, en los restantes.

La petición de Llull para que “todos los soldados religiosos sean reunidos en un solo orden” (Liber de ente..., ROL VIII, p. 241; VC 44, ROL VIII, p. 303), se puede entender recogida por el concilio en el enconado debate sobre la cuestión de los Templarios. Las acusaciones de todo género contra la orden del Temple, habían sido insis