|
|
Da correção dos rústicos (574)
Martinho de Braga
Trad.: Profs. Fernando Gil y Ricardo Corleto,
1998-1999
(Pontificia Universidad Católica Argentina)
EMPIEZA LA CARTA DEL OBISPO SAN MARTÍN
AL OBISPO POLEMIO
1. Recibí la carta de tu santa caridad en la que
me dices que te escriba algo, aunque sea a modo de síntesis, sobre el
origen de los ídolos y de sus crímenes, para la instrucción de los rústicos,
que retenidos todavía por la antigua superstición de los paganos, dan
un culto de veneración más a los demonios que a Dios. Pero como es conveniente
el ofrecerles ya desde el origen del mundo, para que lo saboreen, algún
elemental conocimiento racional, me fue necesario hacer, de esa selva
ingente de los tiempos y hechos pasados, una breve síntesis para de este
modo presentarles a los rústicos un alimento también con estilo sencillo.
Por eso, y con la ayuda de Dios, así ha de ser el principio de tu predicación.
2. Deseamos, hijos carísimos, instruiros en el
nombre del Señor, en algunas cosas, o que todavía no las oísteis, o que
si las habéis oído, las habéis tal vez olvidado. Rogamos, por consiguiente,
a vuestra caridad que escuchéis atentamente lo que se dice para vuestra
salvación. Sobre esta materia se ha escrito mucho en las divinas Escrituras,
pero a fin de que conservéis en la memoria, de entre esas muchas cosas
os recomendamos lo poco que sigue.
3. Habiendo creado el Señor en el principio el
cielo y la tierra, hizo para aquella morada celeste creaturas espirituales,
esto es, los ángeles que estando en la presencia del mismo lo alabasen.
Y uno de éstos, que primero había sido hecho como arcángel, viéndose en
el esplendor de tanta gloria, no dio el honor debido a Dios su creador,
sino que se proclamó semejante a Él, y a causa de esta soberbia, con otros
muchos ángeles, que lo imitaron, fue arrojado de aquella celeste morada
a este aire que está debajo del cielo. Y aquel que primeramente había
sido arcángel, perdida la luz de la gloria, se convirtió en el diablo
tenebroso y horrible.
Igualmente aquellos otros ángeles que estuvieron de acuerdo
con él, juntamente con él fueron lanzados del cielo, y perdiendo su esplendor,
se convirtieron en demonios. Los otros ángeles restantes que se sometieron
a Dios perseveraron en la gloria de su caridad en la presencia del Señor,
y se llamaron ángeles santos. En efecto, aquellos ángeles que juntamente
con Satanás, su príncipe, fueron arrojados a causa de su soberbia, se
llaman ángeles apóstatas y demonios.
4. Después de esta caída de los ángeles fue del
agrado de Dios formar al hombre del barro de la tierra, a quien puso en
el paraíso, diciéndole que si observaba el precepto del Señor, pasaría
sin muerte para aquel lugar celestial, de donde cayeron los ángeles apóstatas;
pero que si quebrantaba las órdenes del Señor, moriría. Viendo, pues,
el diablo que el hombre había sido creado para sucederle a él en el reino
de Dios, en aquel lugar precisamente del que él había caído, movido por
la envidia persuadió al hombre que violase los mandatos del Señor. Y por
este pecado fue arrojado el hombre del paraíso al destierro de este mundo,
en donde tendría que padecer muchos trabajos y dolores.
5. El primer hombre fue llamado Adán, y su mujer,
que el Señor creó de la carne del mismo hombre, se llamó Eva. De estas
dos personas descienden todos los hombres; los cuales, olvidándose de
su Dios y Creador, y cometiendo muchos crímenes, provocaron a Dios a la
ira. Por eso envió el Señor un diluvio con el que hizo perecer a todos,
a excepción de un justo por nombre Noé, al que reservó, juntamente con
sus hijos, para la reparación del género humano. Desde el primer hombre
Adán hasta el diluvio pasaron dos mil doscientos cuarenta y dos años.
6. Después del diluvio se propagó otra vez el
género humano por medio de los tres hijos de Noé, que habían sido reservados
con sus mujeres. Y cuando empezó la muchedumbre reproducida a llenar el
mundo, olvidándose otra vez los hombres del Señor que había creado el
mundo, empezaron a dar culto a las criaturas, despreciando al Creador.
Unos adoraban al sol, a la luna o a las estrellas; unos al fuego, otros
al agua del profundo, o a las fuentes de las aguas, creyendo que todas
estas cosas no habían sido hechas por Dios para uso de los hombres, sino
que habían nacido de sí mismas.
7.
Entonces el diablo, o los demonios sus ministros, que fueron arrojados
del cielo, viendo a los hombres que por ignorancia despreciaron a su Creador,
empezaron a servirlo por medio de las criaturas. Y empezaron a manifestarse
en diversas figuras, a hablar con ellos y pedirles que les ofreciesen
sacrificios en los montes altos y en los bosques frondosos, y a honrarlos
como a Dios, poniéndoles los nombres de hombres malhechores, que habían
llevado una vida de toda clase de crímenes y de maldades.
Y de este modo a uno le denominaron Júpiter, que era
un mago y que estaba tan cargado con tantos adulterios, que tuvo por esposa
a su propia hermana llamada Luno, marchitó a Minerva y a Venus su propia
hija; e igualmente deshonró con incestos a sus nietos y a toda su parentela.
Otro demonio se llamó Marte, diseminador de litigios y de discordias.
Otro demonio, por fin, quiso llamarse Mercurio, que fue el inventor doloso
de toda clase de robos y fraudes. A éste los hombres avaros le ofrecían
en sacrificio, como al Dios del lucro, montones de piedras, que lanzaban
al pasar por encrucijadas de los caminos.
A otro demonio le aplicaron también el nombre de Saturno,
el cual, viven en una total crueldad, devoraba a sus propios hijos apenas
nacían. Se fingió también otro demonio con el nombre de Venus, que fue
una mujer meretriz, la cual se prostituyó no sólo con otros innumerables,
sino también con Júpiter, su padre, y con su hermano Marte.
8. He aquí cuales fueron en aquel tiempo estos
hombres depravados los cuales, a causa de sus pésimas invenciones, dan
culto los rústicos ignorantes Los demonios se apropiaron sus nombres,
como nombres de dioses, a fin honrarles como a tales, ofrecerles sacrificios,
e imitar sus acciones, cuyos nombres invocaban.
Los demonios les persuadieron también a que les edificasen
templos, que colocasen en ellos imágenes o estatuas de hombres facinerosos,
y les levantasen altares en los cuales no sólo derramasen sangre de animales
sino también de hombres. Además de todas estas cosas, muchos de estos
demonios, que fueron expulsados del cielo, presiden o en el mar, o en
los ríos, o en las fuentes, o en bosques, a los cuales los hombres igualmente
ignorantes que no conocen a Di los honran como a Dios y les ofrecen sacrificios.
En el mar lo llaman Neptuno, en los ríos, Lamias; en
las fuentes, Ninfas en los bosques, Dianas; todas estas cosas no son más
que demonios malignos y espíritus malos que pervierten a los hombres infieles
que no saben protegerse con el signo de la cruz. Sin embargo, no pervierten
sin permiso de Dios, porque estos tales tienen a Dios airado contra ellos,
y no creen de todo corazón en la fe de Cristo, al bien, viven con tal
ambigüedad hasta el punto de poner a cada día los mismos nombres de los
demonios, y por eso denominan el día de Marte, y de Mercurio y de Júpiter,
y de Venus, y de Saturno, los cuales no hicieron ningún día, que fueron
hombres pésimos y malvados entre la gente de los griegos.
9. Pero cuando el Dios omnipotente hizo el cielo
y la tierra, creó también la luz, la cual mediante la distinción de las
obras de Dios tuvo siete veces su rotación. En efecto, en primer lugar
hizo Dios la luz, a la que llamó día. En segundo lugar hizo el firmamento
del cielo. En tercer lugar la tierra separada del mar. En cuarto lugar
fueron formados el sol, la luna y las estrellas. En quinto lugar los animales
cuadrúpedos y los volátiles. En sexto lugar fue formado de barro el hombre.
En el día séptimo terminó todo el universo y su ornamentación, y lo llamó
Dios el descanso. Y a la que fue la primera entre las obras de Dios, teniendo
siete veces su rotación, por la distinción de las buenas obras, se llamó
semana.
10. ¿No es, por tanto, una locura que el hombre
bautizado en la fe de Cristo no honre el día del domingo, en el que Cristo
resucitó, y diga que honra el de Júpiter, y de Mercurio, y de Venus, y
de Saturno, los cuales no tienen ningún día, sino que fueron unos adúlteros,
y perversos, e inicuos y desgraciadamente muertos en su Provincia? Pero,
como ya dijimos, debajo de la apariencia de estos nombres, los hombres
necios le prestan veneración y honor a los demonios. Igualmente se introdujo
entre los ignorantes y rústicos aquel otro error por el que piensan que
el principio del año son las calendas de enero, lo cual es falsísimo.
En efecto, como dice la Santa Escritura, en el mismo
punto de equinoccio fue el principio del primer año. Y por eso se lee
así: «y dividió Dios entre la luz y las tinieblas». Ahora bien, en toda
división recta hay igualdad, como sucede en los veinticinco de marzo,
en el que tanto espacio de horas tiene el día como la noche. Por eso es
falso que el principio del año sean las calendas de enero.
11. ¿Y con qué pena se debe hablar de aquel estúpido
error de guardar los días de las polillas y de los ratones, y si es lícito
hablar de que un hombre cristiano venere en lugar de Dios a los ratones
y a las polillas? Porque a estos animales, si no les aleja o el pan o
la ropa cerrando bien o el armario o el arca, no perdonan cosa alguna
de la que encuentren. Sin motivo alguno se engaña el hombre miserable
con estas patrañas, como si porque al principio del año está alegre y
saturado de todo, así le va a suceder durante todo el año.
Todas éstas son observancias paganas, han sido buscadas
por imaginación de los demonios. Pero hay de aquel hombre que no tiene
propicio a Dios, y que no tiene como dada por Él la abundancia del pan
y la seguridad de la vida. He aquí que vosotros realizáis oculta o públicamente
estas vanas supersticiones, y nunca os apartáis de estos sacrificios de
los demonios.
¿Y por qué no os conceden el que estéis siempre saturados,
seguros y alegres? ¿Por qué cuando Dios se enfada, vuestros sacrificios
vanos no os defienden de la langosta, del ratón y de muchas otras tribulaciones
que Dios enfadado os envía?
12. ¿No veis clarísimamente que os engañan los
demonios en estas vuestras observancias, que vanamente realizáis, y que
os lleváis un chasco en los agüeros que tan frecuentemente atendéis? Porque,
como dice el sapientísimo Salomón: «la adivinación y los agüeros son vanos»
(Ecco 34,5). Y cuanto el hombre más las teme, tanto más engañado está
su corazón: «no les des tu corazón, porque a muchos ha servido de tropiezo»
(Ecco 34,6-7).
He aquí lo que dice la Santa Escritura, y así es ciertísimamente,
porque tanto tiempo inculcan los demonios a los infelices hombres el canto
a las aves, hasta que por estas cosas frívolas y vanas pierden la fe de
Cristo, y encuentran en su muerte el fin de los réprobos.
Dios no mandó conocer las cosas futuras, sino que viviendo
siempre en el temor de Dios, esperasen en Él el gobierno y el auxilio
de su vida. Es propio de solo Dios el conocer los acontecimientos antes
de que sucedan; sin embargo, los demonios engañan a los hombres vanos
con diversos argumentos hasta conducirlos a la ofensa de Dios, y hasta
arrastrar consigo a las almas al infierno, como por envidia hicieron desde
su principio, a fin de que el hombre no entrase en el reino de los cielos,
de donde ellos habían sido arrojados.
13. Por esta causa, viendo Dios a los hombres
miserables engañados de este modo por el diablo y por sus ángeles malos,
y que olvidándose de su Creador, adoraban a los demonios en lugar de Dios,
envió a su Hijo, es c su Sabiduría y su Verbo, con el fin de reconducirlos
al culto del verdadero y alejarlos del error del diablo. Y precisamente
porque la divinidad del Hijo de Dios no podía ser visto los hombres, tomó
carne humana en el vientre de la Virgen María, carne que fue concebida,
no de la unión con un hombre, sino por el Espíritu Santo.
Nacido, por consiguiente, el Hijo de Dios en carne humana,
pero que d estaba oculto el Dios invisible, y en el exterior el hombre
visible, predicó hombres: predicó a los hombres, enseñándoles a que dejados
los ídolos malas obras, saliese del poder del diablo y volviese al culto
de su Creador. Después de haber enseñado, quiso morir por el género humano.
Padeció voluntariamente la muerte, no obligado; fue crucificado por los
judíos s Juez Poncio Pilato, que había nacido en la Provincia de Ponto
y que en tiempo era gobernador de la provincia de Siria. Bajado de la
cruz, fue colocado en el sepulcro.
Al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, conversó
por espacio cuarenta días con sus doce discípulos, y para demostrar que
resucitó su verdadera carne, comió después de la resurrección delante
de sus discípulos. Pasados los cuarenta días, mandó a sus discípulos que
anunciasen a las gentes la resurrección del Hijo de Dios, y que los bautizasen
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo para el perdón
de los pecados, les enseñasen, además, que los que hubiesen sido bautizados
se apartas las malas obras, esto es, de los ídolos, de los homicidios,
de los robo perjurio, de la fornicación, y que aquello que no quieren
para sí no se lo hagan tampoco a los demás. Y después de haberles mandado
estas cosas, viéndolo los mismos discípulos, subió al cielo, y allí está
sentado a la derecha del Padre, y al fin de este n ha de venir con esa
misma carne con la que subió al cielo.
14. Cuando llegue el fin de este mundo, todas
las gentes y todo h que tiene su origen en los primeros hombres, es decir,
en Adán y en resucitarán sean buenos o sean malos. Todos han de venir
ante el juicio de Cristo, y entonces los que fueron fieles y buenos en
su vida quedarán separados de los malos y entrarán en el reino de Dios
con los ángeles santos. Sus almas juntamente con sus cuerpos permanecerán
en el descanso e nunca más morirán, y allí ya no habrá ni trabajo alguno
ni dolor; tampoco tristeza, ni hambre, o sed, ni calor o frío, ni tinieblas
o noche, sino que e siempre alegres, saturados, en la luz, en la gloria,
serán semejantes a los ángeles de Dios, porque ya han merecido entrar
en aquel lugar de donde cayó el juntamente con aquellos ángeles que le
siguieron.
Allí, por consiguiente, todos los que fueron fieles a
Dios permanecerá siempre. En cambio, aquellos que no creyeron, o que no
fueron bautiza que ciertamente sí fueron bautizados después de este su
bautismo volvieron de nuevo a los ídolos y homicidios, o a los perjurios
y a otros males y murieron sin penitencia, todos los que así fueren hallados
se condenarán con el di con todos los demonios a los que dieron culto
y cuyas obras hicieron.
Estos serán enviados junto con sus cuerpos al fuego eterno
del infierno, en donde aquel fuego inextinguible durará para siempre,
y esa carne recuperada en la resurrección gimiendo en eterno tormento
desea morir otra vez para no sentir los tormentos. Pero no se le permitirá
morir para que sufra los tormentos eternos.
Esto es lo que dice la ley, esto es lo que dicen los
profetas, esto es lo que dice el evangelio de Cristo, lo que dice el Apóstol
y lo que testifica toda la Santa Escritura, de la que os hemos hecho un
sencillo resumen. Es preciso, pues, hijos carísimos, que de aquí en adelante
os recordéis de todo cuanto os he dicho, y que obrando el bien esperéis
el futuro descanso en el reino de Dios, o (lo que esté lejos de vosotros)
obrando el mal esperéis el fuego perpetuo en el infierno. Por consiguiente,
la vida eterna y la muerte eterna está puesta en el arbitrio del hombre.
Lo que cada uno escoja para sí, eso es lo que tendrá.
15. Vosotros, pues, creyendo que llegásteis al
bautismo de Cristo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
considerad el pacto que habéis hecho con Dios en el mismo bautismo.
En efecto, cuando cada uno de vosotros dísteis en la
fuente vuestro nombre, por ejemplo, o Pedro, o Juan, o cualquier otro
nombre, así fuisteis preguntado por el sacerdote: ¿Cómo te van a llamar?
Tú respondiste, si ya podías contestar, o si no ciertamente el que lo
testificaba en tu nombre, el que era tu padrino, y dijo, por ejemplo:
se llamará Juan. El sacerdote preguntó de nuevo: Juan, renuncias al diablo
y a sus ángeles, a sus cultos y a sus ídolos, a sus frutos y fraudes,
a sus fornicaciones y a sus impurezas, y a todas sus obras malas. Y respondiste:
renuncio.
Después de esta renuncia al diablo fuiste interrogado
de nuevo por el sacerdote: ¿Crees en Dios Padre Omnipotente? Y respondiste:
creo. ¿Y en Jesucristo, su Hijo único, Dios y Señor nuestro, que
nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, padeció en tiempo de Poncio
Pilato, crucificado y sepultado, bajó a los infiernos, al tercer día resucitó
vivo de los muertos, subió a los cielos, que está sentado a la derecha
del Padre, y que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos?¿Crees?,
y respondiste: creo.
Y de nuevo fuiste interrogado: ¿Crees en el Espíritu
Santo, en la Santa Iglesia Católica, en el perdón de todos los pecados,
en la resurrección de la carne y en la vida eterna? Y respondiste: creo.
Considerad, por tanto, cuál es el pacto que habéis hecho
con Dios en el bautismo. Prometísteis que vosotros renunciábais al diablo
y a sus ángeles, y a todas sus obras malas, y al mismo tiempo habéis hecho
una profesión de fe que vosotros creíais en el Padre y en el Hijo y en
el Espíritu Santo, y que vosotros esperábais también, al terminar el mundo,
en la resurrección de la carne y en la vida eterna.
16. He aquí cuál es vuestra garantía y vuestra
confesión con la que os habéis ligado para con Dios. ¿Y cómo es que algunos
de vosotros, que habéis renunciado al diablo y a sus ángeles, a sus cultos,
y a sus malas obras, ahora volváis de nuevo a los cultos del diablo?
Porque encender velas junto a las piedras y a los árboles
y a las fuentes y en las encrucijadas, ¿qué otra cosa es sino culto al
diablo? Observar la adivinación y los agüeros, así como los días de los
ídolos, ¿qué otra cosa es sino el culto del diablo?
Observar las vulcanales y las calendas, adornar las mesas,
poner coronas de laurel, observar el pie, derramar en el fogón sobre la
leña alimentos y vino, echar pan en la fuente, ¿qué otra cosa es sino
culto del diablo? El que las mujeres nombren a Minerva al urdir sus telas,
observar en las nupcias el día de Venus, y atender en qué día se hace
el viaje, ¿qué otra cosa es sino el culto del diablo?
Hechizar hierbas para los maleficios, e invocar los nombres
de los demonios con hechizos, ¿qué otra cosa es sino el culto del diablo?
Y otras muchas cosas que es largo el decirlas.
He aquí que, después de haber renunciado al diablo, hacéis
todas estas cosas después del bautismo, y volviendo al culto de los demonios
y a las malas obras de los ídolos, faltásteis a vuestra palabra, y habéis
quebrantado el pacto que hicísteis con Dios.
Alejasteis de vosotros la señal de la cruz, que recibisteis
en el bautismo, y estáis atentos a otras señales del diablo por medio
de las avecillas, estornudos y otras muchas cosas.
¿Por qué no me va a hacer mal a mí y a cualquier otro
cristiano recto el agüero? Porque donde ha precedido la señal de la cruz,
nada es señal del diablo. ¿Y por qué os hace mal a vosotros? Porque despreciáis
la señal de la cruz, y teméis aquello que vosotros mismos habéis imaginado
como señal.
Del mismo modo rechazáis el santo encantamiento, esto
es, el símbolo que recibisteis en el bautismo, que es: «creo en Dios Padre
Omnipotente»; la oración dominical, esto es, «Padre nuestro que estás
en los cielos», y conserváis los encantamientos diabólicos y los versos.
Por eso todo aquello que. despreciando la señal de la
cruz de Cristo, y mira a otras señales, perdió la señal de la cruz que
recibió en el bautismo.
Igualmente, el que guarda otros encantamientos inventados
por magos y maléficos, perdió el encantamiento del símbolo santo y de
la oración dominical que recibió en la fe de Cristo, pisoteó la fe de
Cristo, porque no puede dar culto juntamente a Dios y al diablo.
17. Por eso, amadísimos hijos, si habéis conocido
todas estas cosas que hemos dicho, y si alguien reconoce haber cometido
estas cosas después del bautismo, y que apostató de la fe de Cristo, no
desespere de sí y no diga en su corazón: «porque yo he cometido tantos
males después del bautismo, tal vez Dios no perdone mis pecados». No quieras
dudar de la misericordia de Dios. Haz de nuevo en tu corazón un pacto
con Dios, y en lo sucesivo ya no quieras entregarte al culto de los demonios;
no adores otra cosa que no sea Dios; no has de cometer el homicidio, ni
el adulterio o la fornicación; no cometas el hurto ni perjures.
Y cuando hayas cometido todo esto a Dios en tu corazón,
y no hayas vuelto a cometer otra vez estos pecados, espera con confianza
el perdón de Dios, porque así dice el Señor en la Escritura profética:
«en cualquier día que el malvado se olvide de sus iniquidades y obre la
justicia, yo también me olvidaré de todas sus iniquidades» (Ez 18,21-22).
Dios espera, por consiguiente, el arrepentimiento del
pecador. Aquélla es la verdadera penitencia, cuando el hombre ya no vuelve
a cometer los males que hizo, sino que pida perdón de los pecados pasados,
tome precaución de cara al futuro, para no volver de nuevo a los mismos
pecados; sino que por el contrario realice las obras buenas, de tal manera
que dé limosna al pobre que tiene hambre, rehaga al huésped extenuado,
y que todo aquello que quiere que otros le hagan a él, que esto mismo
haga él con los otros, y que lo que él no quiere que le hagan, que tampoco
él lo haga a los demás, porque en esta palabra se resumen los mandatos
del Señor.
18. Os rogamos, por tanto, hermanos e hijos queridísimos,
que estos preceptos que Dios se ha dignado daros por medio de nosotros
humildes y pequeños, los retengáis en la memoria, y penséis cómo salvéis
vuestras almas, de tal modo que no sólo os ocupéis de esta vida presente
y de la utilidad pasajera de este mundo, sino que penséis más en el símbolo
que vosotros prometísteis creer, esto es, la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Por consiguiente, si creísteis y creéis que existe la
resurrección de la carne y la vida eterna en el reino de los cielos entre
los ángeles de Dios, como ya os dije anteriormente, pensad mucho en estas
cosas y no siempre en la miseria de este mundo.
Preparad vuestro camino por medio de las buenas obras.
Reuníos con frecuencia en la iglesia o en el lugar de los santos para
orar a Dios. No queráis despreciar el día del Señor, que por eso se llama
del Señor, porque el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo. resucitó
en ese día de entre los muertos, sino que debéis honrarlo con reverencia.
No realizaréis en el día de domingo obras serviles, esto
es, en el campo, en el prado, en la viña y otras cosas pesadas, exceptuadas
aquellas cosas que son necesarias para la refección del cuerpo, como es
el cocer el alimento y lo necesario para emprender un viaje largo.
Es lícito hacer un viaje en domingo a lugares cercanos,
pero no para realizar acciones malas, sino más bien buenas, esto es, ir
a un lugar santo, o a visitar a un hermano o a un amigo, o consolar a
un enfermo, o a llevar un consejo al que se encuentra en la tribulación,
o una ayuda en favor de una causa buena. Así es como debe celebrar el
domingo el hombre cristiano.
Es bastante inicuo y vergonzoso que aquellos que son
paganos y desconocen la fe cristiana, dando culto a los ídolos de los
demonios, que veneren el día de Júpiter o de cualquier otro demonio y
que se abstengan del trabajo, siendo así que los demonios ni han creado
ni tienen ciertamente ningún día.
Y nosotros, que adoramos al verdadero Dios, y que creemos
que el Hijo de Dios resucitó de entre los muertos, no veneramos el día
de su resurrección, es decir, el domingo. No queráis, pues, hacer una
injuria a la resurrección del Señor sino honradla y veneradla con reverencia
por la esperanza que nosotros tenemos en ella. Porque así como aquel Señor
nuestro Jesucristo, Hijo de Dios, que es nuestra cabeza, resucitó al tercer
día de entre los muertos, así también nosotros, que somos sus miembros,
esperamos resucitar al fin del mundo en nuestra carne, a fin de que cada
uno reciba o el descanso eterno o el castigo eterno, de acurdo con lo
que obró con su cuerpo en este mundo.
19. He aquí que nosotros que hablamos ahora bajo
el testimonio de Dios y de los santos ángeles que nos escuchan, hemos
cumplido nuestra deuda con vuestra caridad, y os hemos prestado el dinero
del Señor, cuyo precepto tenemos. Pertenece ahora a vosotros el pensar
y el procurar cómo cada uno de nosotros presente con intereses lo que
recibió cuando venga el Señor el día del juicio.
Rogamos, por tanto, a la clemencia del mismo Señor que
os guarde a vosotros de todo mal, y os haga dignos compañeros de sus santos
ángeles en su reino, concediendonoslo él mismo que vive y reina por los
siglos de los siglos. Amén.
Tomamos el texto de las Obras completas de Martín
de Braga, edición y traducción realizada por Ursicino Domínguez del
Val, Fundación Universitaria Española (Madrid 1990) quien a su vez a utilizado
la edición de C. W. Barlow, Martini episcopi Bracarensis opera omnia,
(New Haven 1950).
Fernando Gil - Ricardo Corleto, 1998-1999. Pontificia
Universidad Católica Argentina, 1999.
Todos los derechos reservados. Este texto electrónico
forma parte de los Documentos para el estudio de la Historia de la
Iglesia Medieval una colección de textos del dominio público y de
copia permitida relacionados a la historia de la Iglesia Medieval. Salvo
indicación contraria, esta forma específica de documento electrónico está
amparada bajo derechos de autor. Se otorga permiso para hacer copias electrónicas,
su distribución en forma impresa para fines educativos y uso personal.
Si se reduplica el documento, indique la fuente. No se otorga permiso
alguno para usos comerciales.
|