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Ricardo da Costa (Ufes)
Trabalho apresentado na mesa-redonda "Relações de Poder e Movimentos Sociais" (Simpósio 3 - Relações de Poder e Movimentos Sociais) do V Encontro da ANPUH-ES, no dia 14 de dezembro de 2004, na Ufes. Este artigo integra o projeto interinstitucional de pesquisa pós-doutoral intitulado "Ramon Llull y la Orden del Temple (Siglos XIII-XIV)", encomendado pelo Rotary Club Barcelona-Europa e coordenado pelo Prof. Dr. Josep Serrano i Daura, da Universitat Internacional de Catalunya * Durante la segunda mitad del siglo XIII, los templarios
fueron una de las más importantes organizaciones europeas, y al
mismo tiempo, también “internacional”. Creada en 1119,
la Orden del Temple ganó con los años prestigio y fuerza,
gracias a las abundantes donaciones de los nobles y de las casas reales
europeas [1]. Resumiremos aquí muy sucintamente
el inicio de la historia del Temple, subrayando algunas de las percepciones
que los contemporáneos tuvieron de esa orden militar.
Cuando terminó la primera cruzada en 1099, la mayor parte de los caballeros cristianos volvieron a Europa. Sin embargo, algunos bravos y piadosos caballeros permanecieron en Palestina. Preocupados por la falta de protección a la que los peregrinos estaban sujetos debido a los pillajes y saqueos que ocurrían principalmente a lo largo de los caminos, y sobre todo deseosos de proteger permanentemente el Santo Sepulcro de Cristo, estos caballeros, reunidos en torno de Hugo de Payns (de la Champagne) y Geoffroy de Saint-Omar, hicieron votos de pobreza, castidad y obediencia con los objetivos arriba citados. Su noble y elevado propósito de vida fue prontamente comprendido por el rey de Jerusalén, Balduino II (1118-1131), quien les dio permiso para residir en el lugar en el que se suponía había estado el Templo de Salomón –la mezquita al-Aqsa– y así pasaron a llamarse caballeros del Templo de Salomón, o simplemente caballeros templarios. Estos informes de los que disponemos hoy fueron redactados mucho tiempo después de los acontecimientos: cincuenta años más tarde. Eso convierte a las informaciones en el producto del registro escrito de una cierta tradición oral, hecho común a la mayor parte de los escritos medievales, y que debe ser tomado en cuenta cuando analizamos documentos de esa época. Figura 1 Figura 2 Nuestro principal informante acerca de estos sucesos es el gran historiador de la primera cruzada, Guillermo de Tiro, nacido hacia 1130 en Palestina. Ello escribió durante el reinado de Amalrico I (1163-174), y concluyó su obra antes de 1173. Este texto –Historia Rerum in Partibus Transmarinis Gestarum– está basado en Alberto de Aix (†1110) [2], Raymundo de Aguillers (capellán de Raymundo de Toulouse) [3] y Fulcher de Chartres (1059-1127), capellán de Esteban de Blois [4], además de los archivos del nuevo reino y de un esquema de la Crónica de los Reyes, hoy perdido. [5] Por tanto, los primeros tiempos de los templarios son muy oscuros. Veamos que refiere Guillermo de Tiro:
Palabras muy simples y directas para describir los duros años iniciales de los caballeros templarios. Su existencia está marcada desde su inicio por el servicio, por la prestación de un trabajo superior y dignificante, o sea, está dotada con la principal característica propia de una sociedad de órdenes: la funcionalidad e interdependencia de las partes. La palabra que mejor define esta mentalidad medieval es concordia. [6] En la mayor parte de las sociedades preindustriales la vestimenta era un rasgo distintivo muy importante que subrayaba la posición social, la importancia –o no– de una persona y principalmente su función dentro del cuerpo social. Así, el vestuario era, a primera vista, una señal, una marca, un símbolo que representaba la condición terrena, lo que impedía el pecado de la vanidad; [7] según el beato Ramón Llull (1232-1316), una debilidad característica de los caballeros medievales (“aquellos que son caballeros de acuerdo con el mundo viven en las vanidades y en la gloria mundana; aquellos que son caballeros y miran para el otro siglo son caballeros que aman la verdad y menosprecian las vanidades de este mundo”). [8] Por este motivo, Guillermo de Tiro subraya ese importante aspecto de esos años iniciales:
A continuación, el cronista constata la gran expansión, apenas sesenta años después de su fundación:
Los otros caballeros fueron Andrés de Montbard, Archamband de Saint-Aignan, Payen de Montdidier, Godofredo de Bisol, Gondemaro, Rolando y Hugues de Rigaud. Estos fundadores prestaron juramento al patriarca de Jerusalén el 25 de diciembre del 1119, el mismo día de la coronación de Balduino II como rey de Jerusalén. [10] La información continúa en el relato de Jacobo de Vitry (c. 1170-1240), historiador, obispo de Acre (1216-28) y predicador de gran reputación en la primera mitad del siglo XIII, y que constituye la segunda fuente importante para esos años iniciales de los templarios [11]:
Parece claro tras la lectura de estos dos pasajes de Guillermo de Tiro y Jacobo de Vitry que la Orden nació de un “deseo de renuncia al mundo” de algunos caballeros, como subrayó el segundo cronista. Esto era verdaderamente una espiritualidad de cruzada [13], pues unía el ideal del monje al del caballero. Coincidentemente, las aspiraciones espirituales de Hugo de Payns y de sus compañeros también respondían a los deseos militares de las nuevas autoridades cristianas del reino de Jerusalén. Esa decisión de mantener armas fue inspirada por la creciente inseguridad de los latinos en Ultramar. Por ejemplo, en el mismo año de 1119, un grupo de setecientos peregrinos desarmados que viajaban de Jerusalén al río Jordán durante la Semana Santa fue emboscado y hecho esclavo por los sarracenos. [14] Figura 3 Sea como fuere, es necesario destacar e insistir en este punto: la creación de la milicia templaria tenía como uno de sus objetivos, además de la entrega de sus vidas a Dios (viviendo perpetuamente “…como canónigos regulares, sin posesiones, bajo votos de castidad y obediencia…”), “proteger los caminos y las rutas (hacia Jerusalén) contra los ataques de ladrones y de brigadas para salvaguardar especialmente a los peregrinos.” Jerusalén es el leitmotiv, el sentido de la existencia de esos caballeros-monjes-peregrinos del Señor. [15] Con estas propuestas de vida, naturalmente la pérdida de Tierra Santa en 1291 ocasionó una crisis existencial para las órdenes militares, como veremos; crisis que se solucionó de distintas formas. Pero antes de pasar a otro punto, me gustaría subrayar un aspecto trascendental de esos dos pasajes respecto de la creación de los templarios, con relación al número nueve. Tanto para Guillermo de Tiro como para Jacobo de Vitry, fueron nueve los templarios durante nueve años. Alain Demurger cree que los templarios eran mucho más numerosos, y que el viaje de Hugo de Payns hacia occidente en 1127 fue a causa de una crisis de crecimiento. [16] Esta hipótesis es posible, e incluso bastante razonable, pero sigue una línea de interpretación que difiere de los mensajes de los dos clérigos. Figura 4 Como sabemos, en la Edad Media el número ocupa un importante lugar no sólo en la simbología y la concepción del mundo, sino también en el sistema tradicional de las artes liberales que preparaban el alma para el conocimiento de Dios. [17] La lectura de la Biblia incitaba constantemente a interrogarse sobre el significado simbólico y ontológico de los números: “Pero tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” [18]: fue ésta una sentencia invocada incesantemente durante toda la Edad Media. Así, cuando los autores citados indican y subrayan el número nueve para los primeros caballeros templarios –y curiosamente nueve también para sus años de espera– desean claramente indicar una relación analógica trascendental. [19] Nueve es tres al cuadrado (en la simbología medieval el tres era un número espiritual, pues era el número de la Santísima Trinidad); nueve también simbolizaba el propio cuadrado, imagen multiplicada de la Trinidad, y “más difusa porque más extensa”. [20] Por fin, según el abad benedictino Rábano Mauro (c. 784-856) [21], el nueve
Por tanto, hay un significado simbólico presente en esos textos que se encuentra más allá de la simple información cuantitativa o en los errores de los datos suministrados por los cronistas. Parece claro que aquellos clérigos de los siglos XII y XIII –y a pesar de su natural antipatía por las órdenes y su independencia frente a los poderes eclesiásticos– interpretaban el deseo de Hugo de Payns y sus compañeros como un mensaje divino: estos nueve caballeros serían como ángeles, y su misión estaría basada en la formación de una caballería divina, como aquélla de la que un poco más tarde hablará San Bernardo. Es necesario que tengamos plena comprensión de esa renuncia caballeresca y espiritual, comprometida con la protección de los peregrinos, y de aquel abandono de las cosas materiales para consagrarse a la búsqueda de Dios. En caso contrario, nuestro entendimiento sobre la Orden y sobre el tema de los templarios en los textos lulianos resultará anacrónico y distorsionado. I. El Concilio de Troyes (1128) Después de esos nueve años alojados en el palacio del rey, Hugo de Payns embarcó rumbo a Occidente con cinco caballeros, y su viaje fue financiado por el rey Balduino II. Antes de llegar a Troyes, es posible que Hugo pasara por Roma para entrevistarse con el papa Honorio II, en su calidad de enviado del rey por un lado y para someter al pontífice los proyectos de su regla, por el otro. [23] En Troyes, Hugo participó en el Concilio de los prelados de Champaña y Borgoña (1128). El Prólogo de la Regla del Temple expone la lista de los participantes. [24] En verdad, la Regla del Temple, redactada en Oriente y corroborada en el Concilio de Troyes, es el documento más antiguo que tenemos que se refiere a los ideales –en especial, cotidianos [25] y espirituales– que fueron la guía de conducta del Temple durante su existencia y que forjaron la imagen de los caballeros ante el Occidente. La primera redacción del texto fue seguida de otra, de Etienne de Chartres, patriarca de Jerusalén (1128-1130). Aparte de esta Norma latina (1128) existen también la Norma francesa (c. 1140), los Hábitos o costumbres (c. 1165), los Estatutos conventuales, que determinan las ceremonias (c. 1230-1240), y los Privilegios, un compilado de jurisprudencia, con las faltas y los castigos (1257-1267) –la Norma también fue redactada en catalán (después de 1267). [26] Trataremos sólo algunos puntos fundamentales relativos a su concepción de la vida, más específicamente lo que señalan la Norma y el texto de San Bernardo, ya que ambos son los principales documentos del siglo XII que tratan de los templarios. El viaje de Hugo de Payns a Europa fue un verdadero éxito ya que consiguió enormes sumas para la Orden. [27] Por ejemplo, la Crónica Anglo-sajónica nos informa que:
Pero lo más importante fue la aprobación de la Orden por la Iglesia, pues en la Edad Media, el sentido de la palabra orden sobrepasaba el de una simple organización ya que incluía la noción de una función publica apoyada por las estructuras del universo: “orden es lo que podemos percibir en el espectáculo de los planetas, donde cada elemento ocupa su lugar y su disposición sin ser un impedimento para el otro”. En este mundo, en la militia cristiana –como afirma en esta sentencia Pedro Lombardo (ca. 1090-1160) – orden es una señal, algo sagrado (Sentencias IV, 24, 13). [29] Por tanto, el Concilio de Troyes fue fundamental para la afirmación y el desarrollo de los templarios pues el apoyo papal posibilitó su inserción en la estructura social –y cosmológica– de la época. A partir de entonces, los templarios formaban parte de la sociedad cristiana ultramarina, y del propio significado de su existencia. II. El cristianismo ante la guerra Pero cabe subrayar que esta aprobación estuvo rodeada de incertidumbres puesto que muchos cristianos tenían dudas acerca de la moralidad de la guerra. El cristianismo no es de suyo favorable a la guerra. Pero muy pronto se produjo un viraje en la doctrina, lento pero regular. Ya San Agustín (354-430) fue el primero en declarar lícita la guerra contra el agresor injusto, admitiendo la interferencia de Dios en la duración y en el desenlace de las guerras, pues éstos eran un instrumento divino: “También la duración de las guerras, (que unas terminen más pronto y otras más tarde), está en Su arbitrio, en Su justo juicio y en Su misericordia, según se propone castigar o consolar al género humano.” [30] Más tarde, Isidoro de Sevilla (c. 560-636), citando a Cicerón, añadió más precisión a la definición agustiniana cuando afirmó que la guerra era injusta a menos que fuese para legítima venganza o para rechazar a los enemigos (Etim., XVIII, Cáp. 1, par. 3). [31] Pero el creciente y regular cambio de actitud frente a la cuestión de la guerra tuvo en Anselmo de Lucca, el Joven (c. 1036-1086, sobrino del papa Alejandro II) un eslabón decisivo. Al defender al papa en la querella de las investiduras [32] contra el antipapa Gilberto y favorecer la reforma (cuando la Iglesia tornó ilegal el casamiento clerical) [33], Anselmo atribuyó a la Iglesia la capacidad de decisión sobre el empleo de la fuerza, sin mediación de ningún poder laico. [34] Asimismo, por la misma época, el cardenal Humberto de Silva Cándida defendió el uso de la espada contra los herejes, pero Pedro Damián (1007-1072) sostenía ideas contrarias. [35] En su Summa Theologica, Santo Tomás de Aquino (1225-1274), también abordó la cuestión de la guerra, desarrollando el concepto de guerra justa en cuatro artículos (cuestión XL): 1) Si alguna guerra es justa, 2) Si a los clérigos les es lícito guerrear, 3) Si los que guerrean pueden recurrir a la insidia y 4) Si es lícito guerrear en los días festivos. Santo Tomás enfatizó las condiciones necesarias para la guerra justa. [36] Con su análisis de base teológica para la guerra justa, Santo Tomás de Aquino tuvo gran influencia en el pensamiento occidental sobre el tema. [37] Con todo, el hecho es que la expresión militia christi lentamente dejó de significar el combate espiritual y ascético para convertirse en sinónimo de Iglesia militante; las cruzadas serían así el último eslabón de este proceso. [38] Pero no seamos tan apresurados: para muchos, la idea de cruzada como una acción militar seguía existiendo junto con la idea de misión, al igual que en la época del fin de las cruzadas. * Notas [1] La bibliografía sobre el Temple es incalculable. Recorreremos apenas los textos más conocidos y prestigiosos. Para una consulta más actualizada y profunda sobre el tema de los templarios y de las cruzadas, basta recorrer el Bulletin of Society for the Study of the Crusades and the Latin East. [2] Ver KREY, August. C. The First Crusade: The Accounts of Eyewitnesses and Participants. Princeton: 1921, p. 53-54, y Internet Medieval Sourcebook [3] RAIMUNDUS DE AGILES (Raymond D'Aguilers). Historia Francorum qui ceperunt Iherusalem [by] Raymond D'Aguilers, trans. John Hugh Hill and Laurita L. Hill. (Philadelphia: American Philosophical Society, 1968). [4] Para Fulcher de Chartres, ver MCGINTY, Martha E. Fulcher of Chartres: Chronicle of the First Crusade, (London: Oxford University Press; Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1941), RYAN, Frances R. and FINK, H. S. Fulcher of Chartres: A History of the Expedition to Jerusalem, 1095-1127, (Knoxville: University of Tennessee Press, 1969), y especialmente PETERS, Edward M (edit.). The First Crusade: The Chronicle of Fulcher of Chartres and Other Source Materials. (Sources of Medieval History), University of Pennsylvania Press, 1998. Extratos del texto de Fulcher de Chartres tambien están en Internet Medieval Sourcebook [5] RUNCIMAN, Steven. História das Cruzadas. Volume II. Lisboa: Livros Horizonte, 1993, p. 382. [6] DUBY, Georges. As três ordens ou o imaginário do feudalismo. Lisboa: Editorial Estampa, 1982, p. 89-92. [7] LE GOFF, Jacques. A civilização do ocidente medieval II. Lisboa: Editorial Estampa, 1984, p. 123-125. [8] RAMÓN LLULL. Libro de la contemplación, CXII, 4. [9] WILLIAM OF TYRE. Historia rerum in partibus transmarinis gestarum, XII, 7, Patrologia Latina 201, 526-27, Translated by James Brundage, The Crusades: A Documentary History (Milwaukee, WI: Marquette University Press, 1962), 70-73. Medieval Sourcebook: William of Tyre: The Foundation of the Order of Knights Templar. [10] SERRANO I DAURA, Josep. L’Orde del Temple. Texto gentilmente cedido por el autor. [11] BERLIOZ (J.). “Jacques de Vitry”. En: Dictionnaire du Moyen Âge (dir. de Claude Gauvard, Alain de Libera y Michel Zink). París, 2002, p. 737; FORNI (A.), “Giacomo de Vitry, predicatore e sociologo”. En: La cultura, t. 18, 1980, p. 34-89. [12] JACOBO DE VITRY, Historia Hierosolymitana, citado por DEMURGER, Alain. Auge y caída de los templarios (1118-1314). Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1990, p. 20. [13] VAUCHEZ, André. A Espiritualidade na Idade Média Ocidental (séculos VIII a XIII). Rio de Janeiro: Jorge Zahar Editor, p. 140. [14] READ, Piers Paul. Os Templários. Rio de Janeiro: Imago Editora, 2001, p. 102. [15] “El tema del liberación de Jerusalén y de los santos lugares estuvo en el meollo de la idea de Cruzada desarrollada por Urbano II y de la noción de guerra santa fijada por sus predecesores (...) Operación militar de reconquista, la Cruzada también es, por su propio destino –Jerusalén– una peregrinación. Esta dimensión se une con la de guerra santa, que la refuerza y no la oculta.” – FLORY, Jean. “Jerusalén y las Cruzadas”. En: LE GOFF, Jacques & SCHMITT, Jean-Claude. Dicionário Temátido do Ocidente Medieval II. Bauru, SP: EDUSC; São Paulo: Imprensa Oficial do Estado, 2002, p. 22. [16] DEMURGER, Alain. Auge y caída de los Templarios (1118-1314), op. cit., p. 38. [17] BEAUJOUAN, Guy. “Números”. En: LE GOFF, Jacques & SCHMITT, Jean-Claude. Dicionário Temátido do Ocidente Medieval II, op. cit., p. 293-303. [18] Sabiduría, 11, 23. [19] En términos generales, significa la correlación entre los términos de dos o más sistemas y órdenes, es decir, la existencia de una relación entre cada uno de los términos de un sistema y cada uno de los términos del otro. La analogía es también una semejanza de una cosa con otra, la expresión de una correspondencia, semejanza o correlación. Los escolásticos medievales han distinguido un modo de hablar unívoco, uno equívoco y uno análogo, y análogo cuando significaba una forma o propiedad intrínseca en uno de los términos. Ver FERRATER MORA, José. Dicionário de Filosofia. Lisboa: Publicações Dom Quixote, 1982, p. 30-31. [20] PRING-MILL, Robert D. F. Estudis sobre Ramon Llull. Barcelona: Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1991, p. 79. [21] Estudiante y teólogo alemán. Su nombre también aparece como Hrabanus y Rhabanus. Tuvo como profesor a Alcuíno de York. Su celo como abad de la escuela y de la biblioteca de Fulda (822-842) convirtió al monasterio en un gran centro intelectual de su tiempo. Rábano se retiró de Fulda y fue electo obispo de Mainz. Sus principales trabajos son la obra De universo y el De institutione, un texto para formación de clérigos. Rábano Mauro es un personaje preeminente del llamado Renacimiento carolingio. Ver Hrabanus Maurus. “De Universo.” En: Patrologia Latina, vol. 111; HEYSE, Elisabeth. Hrabanus Maurus' Enzyklopädie De rerum naturis: Untersuchungen zu den Quellen und zur Methode der Kompilation. Münchener Beiträge zur Mediävistik und Renaissance - Forschung, no. 4. Munich, 1969; SCHIPPER, W. “Rabanus Maurus `De Rerum Natura': A Provisional Checklist of Manuscripts”. En: Manuscripta 33 (1989), p. 109-18. [22] LAUAND, Jean. “Rábano Mauro e o Significado Místico dos Números”. En: VIDETUR 23. [23] DEMURGER, Alain. Auge y caída de los Templarios (1118-1314), op. cit., p. 39. [24] “Asistieron a la celebración de este Concilio: Matheo obispo alvanense, cardenal y legado apostólico Reinaldo, arzobispo remense, Enrique, arzobispo senonense y sus sufragáneos, Rankedo, obispo carnotense, Gosleno de Soisons, el de París, Trecense Orleans, de Auxerre, Meldense, Cathalaunense, Laudunense, Belvacense y el abad beceliacense que después fue legado apostólico y arzobispo de León, el abad Císterciense pontiniacense el de Tres Fuentes, el de San Dionisio de Rheims, el abad de San Esteban de Dijón, el abad Molismense, Alberico Remense y Fulgerio maestro y otros muchos. De seglares, el conde Theobaldo, el Conde Nivernense y Andrés de Bandinento. Asistieron también el maestro Hugo, con Fr. Godofrido, Fr. Rotallo, Fr. Gaufrido Bisól, Fr. Pagano de Monte-Desiderio y Archembaudo de Santo Amano, caballeros templarios.” Regla del Temple. Prólogo. [25] Para la vida cotidiana de los templarios, ver BORDONOVE G. La vie quotidienne des Templiers au XIIIe siècle. Librairie Hachette, 1988. [26] PERNOUD, Régine. Os templários. Lisboa: Publicações Europa-América, s/d, p. 16. [27] Hugo de Payns estuvo en Inglaterra, Escocia, Francia y Flandes. [28] The Anglo-Saxon Chronicle. Part 7: A.D. 1102-1154. Online Medieval and Classical Library Release [29] IOGNA-PRAT, Dominique. “Ordem”. En: LE GOFF, Jacques & SCHMITT, Jean-Claude. Dicionário Temático do Ocidente Medieval II, op. cit., p. 305. [30] AGOSTINHO. A Cidade de Deus. Lisboa: Fundação Calouste Gulbenkian, 1991, vol. I, Livro V, Cap. XXII, p. 537-538. [31] “Nam extra ulciscendi aut propulsandorum hostium causa bellum geri iustum, nullum potest”. [32] Ver “Conflict of Investitures”. En: The Catholic Enciclopedia [33] Ver DUFFY, Eamon. Santos & Pecadores. História dos papas. São Paulo: Cosac & Naif, 1998, p. 92-94; GARCIA VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica II. Edad Media (800-1303). Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2003, p. 145-149. [34] Citado en DEMURGER, Alain. Auge y caída de los Templarios (1118-1314), op. cit., p. 29. [35] GARCIA VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica II. Edad Media (800-1303), p. 360. [36] TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. Porto Alegre: Escola Superior de Teologia São Lourenço de Brindes, Livraria Sulina Editora, Caxias do Sul, Universidade de Caxias do Sul, 1980, volume V, p. 2361-2362, questão XL. [37] GILSON, Etienne. A Filosofia na Idade Média. São Paulo: Martins Fontes, 1995, p. 652-672. [38] GARCIA VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica II. Edad Media (800-1303), p. 361.
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