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Res Gestae (Hechos del divino Augusto)
Augusto (63 a.C. - 14 d.C.)
Trad.: Prof. Dr. G. Fatás (Universidad de Zaragoza)
Texto que es copia de los hechos del divino Augusto, con las cuales
sujetó el universo mundo al dominio del pueblo romano, y de las munificencias
que hizo a la república y al pueblo de Roma, escritas en dos columnas
de bronce que se hallan en Roma.
§ 1.
A los diecinueve años de edad alcé, por decisión personal y a mis expensas,
un ejército que me permitió devolver la libertad a la República, oprimida
por el dominio de una bandería. Como recompensa, el Senado, mediante decretos
honoríficos, me admitió en su seno, bajo el consulado de Cayo Pansa y
Aulo Hirtio [43 a.C.], concediéndome el rango senatorio equivalente al
de los Cónsules. Me confió la misión de velar por el bienestar público,
junto con los Cónsules y en calidad de Pro-pretor. Ese mismo año, habiendo
muerto ambos Cónsules en la guerra, el pueblo me nombró Cónsul y triunviro
responsable de la reconstitución de la República.
§ 2.
Proscribí a los asesinos de mi Padre, vindicando su crimen a través de
un juicio legal; y cuando, más tarde, llevaron sus armas contra la República,
los vencí por dos veces en campo abierto.
§ 3.
Hice a menudo la guerra, por tierra y por mar. Guerras civiles y contra
extranjeros, por todo el universo. Y, tras la victoria, concedí el perdón
a cuantos ciudadanos solicitaron gracia. En cuanto a los pueblos extranjeros,
preferí conservar que no destruir a quienes podían ser perdonados sin
peligro [para Roma]. Unos 500.000 ciudadanos romanos prestaron sagrado
juramento de devoción a mi persona. De entre ellos, algo más de 300.000,
tras la conclusión de su servicio militar, fueron asentados por mí en
colonias de nueva fundación o reenviados a sus municipios de origen. A
todos ellos asigné tierras o dinero para recompensarlos por sus servicios
de armas. Capturé 600 navíos, entre los que no cuento los que no fuesen,
cuando menos, trirremes.
§ 4.
Por dos veces recibí el honor de la ovación solemne y por tres el del
triunfo curul. Recibí aclamaciones oficiales como general imperator
en veintiuna ocasiones. Por todo ello el Senado me otorgó la celebración
de numerosos triunfos oficiales, que decliné. Deposité en el Capitolio
los laureles de mis fasces, tras haber cumplido las promesas formuladas
con ocasión de cada guerra. A causa de los éxitos obtenidos por mí (o
por mis lugartenientes en el mando bajo mis auspicios), tanto por tierra
cuanto por mar, el Senado decretó acciones oficiales de gracias a los
dioses inmortales en cincuenta y cinco ocasiones. Tales acciones de gracias
sumaron, en conjunto, 890 días. En mis triunfos oficiales, ante mi carro,
desfilaron [vencidos] nueve reyes o hijos de rey. Cuando escribí lo que
antecede, había sido Cónsul por decimotercera vez [2 a.C.] y desempeñaba
la potestad de los Tribunos de la plebe por trigesimoséptimo año.
§ 5.
Durante el consulado de Marco Marcelo y Lucio Arruncio [22 a.C.] no acepté
la magistratura de Dictador, que el Senado y el pueblo me conferían para
ejercerla tanto en mi ausencia cuanto durante mi presencia [en Roma].
No quise [empero] declinar la responsabilidad de los aprovisionamientos
alimentarios, en medio de una gran carestía; y de tal modo asumí su gestión
que, pocos días más tarde, toda la Ciudad se hallaba desembarazada de
cualquier temor y peligro, a mi sola costa y bajo mi responsabilidad.
No acepté [tampoco] el consulado que entonces se me ofreció, para ese
año y con carácter vitalicio.
§ 6.
Durante el consulado de Marco Vinucio y Quinto Lucrecio [19 a.C.] y, después,
bajo el de Publio y Gneo Léntulo [18 a.C.] y, en tercer lugar, durante
el de Paulo Fabio Máximo y Quinto Tuberón [11 a.C.], habiendo unánimemente
decidido el pueblo y el Senado que fuese yo responsable único y máximo
del cuidado de las costumbres y las leyes, no quise que se me confiara
una magistratura en términos que hubieran resultado contrarios a la tradición
ancestral; pero las actuaciones que el Senado deseaba por entonces de
mí las llevé a cabo, fundado [sólo] en mi potestad tribunicia. Y [aun]
para esa misma función pedí y recibí del Senado, por cinco veces, un colega.
§ 7.
Durante diez años consecutivos fui miembro del colegio triunviral al que
se había encargado la reconstitución de la República; hasta el momento
en que redacté estos sucesos, Príncipe del Senado por cuarenta años consecutivos.
Fui Pontífice Máximo, augur, miembro del Colegio de los Quince encargados
de las sagradas ceremonias, del Colegio de los Siete encargados de los
sacros banquetes, hermano de la Cofradía Arval, sodal Titio y sacerdote
fecial.
§ 8.
Por mandato del pueblo y del Senado, durante mi quinto consulado [29 a.C.]
aumenté el número de los patricios romanos. Por tres veces establecí la
lista de senadores y, en mi sexto consulado [28 a.C.], llevé a cabo, con
Marco Agripa como colega, el censo del pueblo. Celebré la ceremonia lustral
después de que no se hubiera celebrado en cuarenta y dos años; en ella
fueron censados 4.063.000 ciudadanos romanos. Durante el consulado de
Cayo Censorino y Cayo Asinio [8 a.C.] llevé a cabo el censo por mí solo,
en virtud de mi poder consular, en cuya lustración se contaron 4.233.000
ciudadanos romanos. Hice el censo por vez tercera, en virtud de mi poder
consular y teniendo por colega a mi hijo [adoptivo], Tiberio César, en
el consulado de Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo [14 d. C.]; con ocasión
de este censo conté 4.937.000 ciudadanos romanos. Mediante nuevas leyes
que propuse saqué del desuso muchos ejemplos de nuestros antepasados,
decaídos ya en Roma, y yo mismo dejé a la posteridad muchas acciones como
ejemplo que imitar.
§ 9.
El Senado decretó que, cada cuatro años, Cónsules y sacerdotes ofreciesen
votos por mi salud. Para cumplirlos, tanto los cuatro Colegios sacerdotales
mayores cuanto los Cónsules ofrecieron frecuentemente, en vida mía, juegos
públicos. Asimismo, en sus casas y en las municipalidades, todos los ciudadanos,
sin excepción y unánimemente, realizaron en todo tiempo ceremonias por
mi salud en toda clase de lugares sacros.
§ 10.
El Senado hizo incluir mi nombre en el cántico de los Sacerdotes Salios
y una ley prescribió que poseería, a perpetuidad y de por vida, carácter
inviolable para mi persona y la potestad de los Tribunos de la plebe.
Cuando el pueblo me ofreció el Pontificado Máximo, que mi Padre había
ejercido, lo rehusé, para no ser elegido en lugar del Pontífice que aún
vivía. No acepté ese sacerdocio sino años después, tras la muerte de quien
lo ocupara con ocasión de las discordias civiles; y hubo tal concurrencia
de multitud de toda Italia a los comicios que me eligieron, durante el
consulado de Publio Sulpicio y Cayo Valgio [12a.C.], como no se había
visto semejante en Roma.
§ 11.
En homenaje a mi regreso y bajo el consulado de Quinto Lucrecio y Marco
Vinicio [19 a.C.], el Senado consagró, cerca de la Puerta Capena, ante
el templo del Honor y la Virtud, un altar a la Fortuna del [feliz] Retorno.
Mandó que todos los años Pontífices y Vestales hicieran allí una ofrenda,
en el aniversario de mi regreso de Siria, y llamó a ese día "de las Augustales",
de acuerdo con mi nombre.
§ 12.
El mismo año, en virtud de un senadoconsulto, parte de los Pretores y
de los Tribunos de la plebe, acompañados por el Cónsul Quinto Lucrecio
y por los ciudadanos más principales, salió a mi encuentro en Campania:
honra que a nadie se había conferido con anterioridad Cuando regresé de
Hispania y de Galia, durante el consulado de Tiberio Nerón y Publio Quintilio
[13 a.C.], tras haber llevado a cabo con todo éxito lo necesario en esas
provincias, el Senado, para honrar mi vuelta, hizo consagrar, en el Campo
de Marte, un altar dedicado a la Paz Augusta y encargó a los magistra-dos,
Pretores y Vírgenes Vestales que llevasen a cabo en él un sacrificio en
cada aniversario.
§ 13.
El templo de Jano Quirino, que nuestros ancestros deseaban permaneciese
clausurado cuando en todos los dominios del pueblo romano se hubiera establecido
victoriosamente la paz, tanto en tierra cuanto en mar, no había sido cerrado
sino en dos ocasiones desde la fundación de la Ciudad hasta mi nacimiento;
durante mi Principado, el Senado determinó, en tres ocasiones, que debía
cerrarse.
§ 14.
El Senado y el pueblo romano, queriendo honrarme, designaron Cónsules,
con intención de que asumiesen la magistratura cinco años más tarde y
cuando tenían quince, a mis hijos [adoptados] Cayo y Lucio Césares, a
quienes, muy jóvenes, me arrebató la Fortuna Y el Senado decretó que asistiesen
a sus deliberaciones desde el mismo día en que fuesen presentados en el
Foro. Los Caballeros de Roma, por su parte, unánimemente los denominaron
Príncipes de la Juventud y les obsequiaron los escudos ecuestres y las
lanzas de plata.
§ 15.
Pagué a la plebe de Roma 300 sestercios por cabeza, en cumplimiento del
testamento de mi Padre. Y en mi propio nombre, cuando mi quinto consulado
[29 a.C.], dí otros 400 (por cabeza), de mi botín de guerra. En mi décimo
consulado [24 a.C.] distribuí, de nuevo, de mi propio patrimonio un congiario
a la plebe de 400 sestercios por individuo. En el undécimo [23 a.C.],
por doce veces repartí trigo adquirido a mis expensas. Cuando cumplí mi
duodécima potestad tribunicia [11 a.C.], por vez tercera volví a repartir
400 sestercios a cada plebeyo. Nunca fueron menos de 250.000 las personas
beneficiarias de estos repartos. En el año de mi decimoctava potestad
tribunicia y de mi duodécimo consulado [5 a.C.] dí 60 denarios de plata
por cabeza a 320.000 plebeyos de la Ciudad. Durante mi quinto consulado
[29 a.C.] distribuí mil monedas, procedentes de mi botín de guerra, a
cada uno de los soldados de mis ciudades coloniales militares: tal obsequio
conmemorativo de mi triunfo oficial afectó a unos 120.000 hombres. Durante
mi decimotercer consulado [2 a.C.] dí 60 denarios a cada ciudadano plebeyo
de los que estaban inscritos en las listas de beneficiarios de las distribuciones
gratuitas de grano, que fueron algo más de 200.000.
§ 16.
Para la compra de las tierras que había asignado a mis veteranos, en mi
cuarto consulado [30 a.C.] y, luego, durante el de Marco Craso y Gneo
Léntulo Augur [14 a.C.], destiné una subvención a las municipalidades,
cuyo monto ascendió, en Italia, a 600 millones de sestercios, más o menos,
y a unos 260 en las provincias. Que se recuerde, soy el primero y único
que haya hecho tal cosa entre quienes fundaron ciudades coloniales militares
en Italia o en las provincias. Más tarde, bajo los consulados de Tiberio
Nerón y de Gneo Pisón [7 a.C.], de Cayo Antistio y Decio Lelio [6 a.C.],
de Cayo Calvisio y Lucio Pasieno [4a.C.], de Lucio Léntulo y Marco Mesala
[3 a.C.] y de Lucio Caninio y Quinto Fabricio [2 a.C.], concedí recompensas
en metálico a los soldados que se habían licenciado honorablemente y vuelto
a sus lugares natales, asunto en el que invertí unos 400 millones de sestercios.
§ 17.
Por cuatro veces acudí, con mi dinero, en ayuda del Tesoro público, de
modo tal que entregué a sus responsables 50 millones de sestercios. Bajo
el consulado de Marco Lépido y Lucio Arruncio [6 d.C.], dí de mi patrimonio
70 millones de sestercios al Tesoro militar, el cual decidí crear, con
el fin de conceder recompensas a los soldados con veinte o más años de
servicios.
§ 18.
En el año en que fueron cónsules Gneo y Publio Léntulo [18 a.C.], a causa
de la insuficiencia de los ingresos públicos, repartí socorros en especie
a 100.000 personas y en metálico a más de 100.000, tomándolos de mis bienes
y almacenes.
§ 19.
Construí la Curia y su vestíbulo anejo, el templo de Apolo en el Palatino
y sus pórticos, el templo del Divino Julio, el Lupercal, el Pórtico junto
al Circo Flaminio - al que dí el nombre de Octavia, quien había construído
anterior-mente otro en el mismo lugar -, el palco imperial del Circo Máximo;
los templos de Júpiter Feretrio y de Júpiter Tonante, en el Capitolio;
el de Quirino, los de Minerva, Juno Reina y Júpiter Libertador, en el
Aventino; el templo a los Lares en la cima de la Vía Sagrada, el de los
Dioses Penates en la Velia y los de la Juventud y la Gran Madre, en el
Palatino.
§ 20.
Restauré, con extraordinario gasto, el Capitolio y el Teatro de Pompeyo,
sin añadir ninguna inscripción que llevase mi nombre. Reparé los acueductos
que, por su vejez, se encontraban arruinados en muchos sitios. Dupliqué
la capacidad del acueducto Marcio, aduciéndole una nueva fuente. Concluí
el Foro Julio y la Basílica situada entre los templos de Cástor y de Saturno,
obras ambas iniciadas y llevadas casi a término por mi Padre. Destruída
la Basílica por un incendio, acrecí su solar e hice que se emprendiese
su reconstrucción en nombre de mis hijos [adoptivos], prescribiendo a
mis herederos que la concluyesen en caso de no poder hacerlo yo mismo
[14 a.C.]. En mi quinto consulado [29 a.C.], bajo la autoridad del Senado,
reparé en Roma ochenta y dos templos, sin dejar en el descuido a ninguno
que por entonces lo necesitara. Durante el séptimo [27 a.C.], rehice la
Vía Flaminia, entre Roma y Ariminio, y todos los puentes, salvo el Milvio
y el Minucio.
§ 21.
En solares de mi propiedad construí, con dinero de mi botín de guerra,
el templo de Marte Vengador y el Foro de Augusto. Edifiqué el Teatro que
hay cerca del templo de Apolo, en un terreno que, en gran parte, compré
a particulares, y le dí el nombre de mi yerno, Marco Marcelo. En el Capitolio
consagré ofrendas procedentes de mi botín de guerra a los templos del
Divino Julio, de Apolo, de Vesta y de Marte Vengador, que me costaron
unos 100 millones de sestercios. En mi quinto consulado [29 a.C.] devolví
a los municipios y colonias de Italia 35.000 libras de oro coronario del
que me había sido ofrecido por mis triunfos oficiales. Y, en adelante,
cada vez que hube de recibir una aclamación oficial como 'imperator',
no quise aceptar esas ofrendas de oro coronario que se me seguían ofreciendo
con la misma generosidad que antaño mediante acuerdos oficiales de los
municipios y las colonias.
§ 22.
Ofrecí combates de gladiadores tres veces en mi propio nombre y cinco
en el de mis hijos o nietos. En estos combates lucharon unos diez mil
hombres. Ofrecí al pueblo un espectáculo de atletas, traídos de todas
partes, dos veces en mi nombre y una tercera en el de mi nieto. Celebré
juegos, en mi nombre, por cuatro veces y otras veintitrés en el de otros
magistrados. Durante el consulado de Cayo Furnio y Cayo Silano [17 a.C.]
celebré los Juegos Seculares, con Marco Agripa como colega, en mi condición
de presidente del Colegio de los Quince. En mi décimotercer consulado
[2 a.C.] celebré, y fui el primero que tal hizo, los juegos de Marte que,
a partir de entonces, siguieron presidiendo conmigo los Cónsules, en virtud
de un senadoconsulto y de una ley. Bien en mi nombre o en el de mis hijos
o nietos, ofrecí, por veintiséis veces, en el circo, en el Foro o en los
anfiteatros, cacerías de animales de Africa, en las que fueron muertas
unas tres mil quinientas fieras.
§ 23.
Ofrecí al pueblo el espectáculo de una naumaquia, al otro lado del Tíber,
donde hoy está el Bosque Sagrado de los Césares, en un estanque excavado
de 1.800 pies de largo y 1.200 de ancho. Tomaron parte en ella 30 naves,
trirremes o birremes, guarnecidas con espolones, y un número aún mayor
de barcos menores. A bordo de estas flotas combatieron, sin contar los
remeros, unos 3.000 hombres.
§ 24.
Tras la victoria, devolví a todos los templos de todas las ciudades de
la provincia de Asia los tesoros de que se había apropiado quien guerreaba
contra mí. En la Ciudad, el número de mis estatuas en plata, a pie, a
caballo o en cuadriga llegó a ser de unas ochenta. Yo mismo mandé retirarlas
y con su importe hice ofrendas de oro que consagré en el templo de Apolo,
en mi nombre y el de quienes las habían erigido para honrarme.
§ 25.
Liberé el mar de piratas. En la guerra de los esclavos capturé a casi
30.000 que habían escapado de sus dueños y alzádose en armas contra la
República; los devolví a sus amos, para que les diesen suplicio. Italia
entera me juró, por propia iniciativa, lealtad personal y me reclamó como
caudillo para la guerra que victoriosamente concluí en Accio. Igual juramento
me prestaron las provincias de las Galias, las Hispanias, Africa, Sicilia
y Cerdeña. Entre quienes, entonces, sirvieron bajo mis enseñas, hubo más
de 700 senadores, de los que 83 habían sido o serían luego Cónsules, hasta
el día de hoy, y de los que 170 eran o fueron más tarde sacerdotes.
§ 26.
Ensaché los límites de todas las provincias del pueblo romano fronterizas
de los pueblos no sometidos a nuestro dominio. Pacifiqué las Galias, las
Hispanias y la Germania, hasta donde el Océano las baña, desde Cádiz hasta
la desembocadura del Elba. Mandé pacificar los Alpes, desde la región
inmediata al Mar Adriático hasta el Mar Tirreno, sin hacer contra ninguno
de aquellos pueblos guerra que no fuese justa. Mi flota, que zarpó de
la desembocadura del Rin, se dirigió al este, a las fronteras de los cimbrios,
tierras en que ningún romano había estado antes, ni por tierra ni por
mar. Cimbrios, carides, semnones y otros pueblos germanos de esas tierras
enviaron embajadores para pedir mi amistad y la del pueblo romano. Por
orden mía y bajo mis auspicios dos ejércitos llegaron, casi a un tiempo,
a Etiopía y a la Arabia llamada Feliz. En esos dos países y en combate
abierto destruyeron a gran número de enemigos y tomaron numerosas plazas.
En Etiopía se llegó hasta la ciudad de Nabata, cerca de Meroe. En Arabia,
el ejército llegó hasta la ciudad de Mariba de los sabeos.
§ 27.
Anexé Egipto a los dominios del pueblo romano. Tras la muerte del rey
Artajes hubiera podido convertir en provincia la Gran Armenia; pero preferí,
como nuestros mayores, confiar ese reino a Tigranes, hijo del rey Artavasdo
y nieto del rey Tigranes, por mediación de Tiberio Nerón, que entonces
era mi hijastro. Habiendo luego querido ese pueblo abandonarnos y rebelarse,
lo sometí por medio de mi hijo Cayo y confié su gobernación a Ariobarzanes,
hijo de Artabazo, rey de los medos; y, tras la muerte de aquél, a su hijo
Artavasdo. Cuando éste fue asesinado, envié como rey a Tigranes, que era
del linaje real de los armenios. Recuperé la totalidad de las provincias
que, del otro lado del Adriático, se extienden hacia el este, así como
Cirene, que estaba en su mayor parte poseída por reyes, igual que antes
recuperé Sicilia y Cerdeña, invadidas en la guerra servil.
§ 28.
Fundé ciudades militares coloniales en Africa, Sicilia, Macedonia, en
ambas Hispanias, en Acaya, en Siria, en la Galia Narbonense y en Pisidia.
En Italia hay veintiocho colonias fundadas bajo mis auspicios y que, ya
en vida mía, se han convertido en ciudades pobladísimas y muy notorias.
§ 29.
Recuperé muchas enseñas militares romanas, perdidas por otros jefes, de
enemigos vencidos en Hispania, en Galia y de los dálmatas. Obligué a los
partos a restituir los botines y las enseñas de tres ejércitos romanos
y a suplicar la amistad del pueblo romano. Deposité tales enseñas en el
templo de Marte Vengador.
§ 30.
Los pueblos panonios que, antes de mi Principado, no habían visto en sus
tierras a ningún ejército romano, fueron vencidos mediante la acción de
Tiberio Nerón, mi hijastro y legado por entonces; los sometí al dominio
del pueblo romano y amplié hasta las orillas del río Danubio las fronteras
del Ilírico. Bajo mis auspicios fue vencido y destruído el ejército de
los dacios, que las había transgredido. Y, después, uno de mis ejércitos,
llevado al otro lado del Danubio, obligó a los pueblos dacios a acatar
la voluntad del pueblo romano.
§ 31.
Llegaron a mí con frecuencia embajadas de reyes de la India, lo que hasta
entonces no se había visto bajo ningún otro jefe romano. Bastarnos, escitas,
los sármatas que viven al otro lado del Dniéster y los más lejanos aún
reyes de los albanos, iberos [caucásicos] y medos solicitaron nuestra
amistad por medio de legaciones.
§ 32.
En mí buscaron refugio y me suplicaron los reyes de los partos: Tirídates
y, más tarde, Fraates, hijo del rey Fraates; de los medos, Artavasdes;
de los adiabenos, Artaxares; de los britanos, Dumnobélauno y Tincomio;
de los sicambros, Maelo; de los suevos marcomanos, (Sigime?)ro. El rey
de los partos, Fraates, hijo de Orodes, envió a Italia a sus hijos y nietos,
junto a mí; no por haber sido vencido en guerra, sino para suplicar nuestra
amistad entregándonos, en prenda, a sus descendientes. Un grandísimo número
de otros pueblos que antes nunca había tenido relaciones diplomáticas
ni tratos de amistad con el pueblo romano conocieron bajo mi Principado
la probidad del pueblo romano.
§ 33.
Los pueblos de los partos y los medos recibieron de mí a sus reyes, lo
que habían solicitado enviándome legaciones con sus personalidades más
relevantes; los partos recibieron como rey, la primera vez, a Vonón, hijo
del rey Fraates y nieto del rey Orodes; y los medos a Ariobarzanes, hijo
del rey Artavasdo, nieto del rey Ariobarzanes.
§ 34.
Durante mis consulados sexto y séptimo [28 y 27 a.C.], tras haber extinto,
con los poderes absolutos que el general consenso me confiara, la guerra
civil, decidí que el gobierno de la República pasara de mi arbitrio al
del Senado y el pueblo romano. Por tal meritoria acción, recibí el nombre
de Augusto, mediante senadoconsulto. Las columnas de mi casa fueron ornadas
oficialmente con laureles; se colocó sobre su puerta una corona cívica
y en la Curia Julia se depositó un escudo de oro, con una inscripción
recordatoria de que el Senado y el pueblo romano me lo ofrecían a causa
de mi virtud, mi clemencia, mi justicia y mi piedad. Desde entonces fui
superior a todos en autoridad, pero no tuve más poderes que cualquier
otro de los que fueron mis colegas en las magistraturas.
§ 35.
Cuando ejercía mi decimotercer consulado [2 a.C.], el Senado, el Orden
de los Caballeros Romanos y el pueblo romano entero me designaron Padre
de la Patria y decidieron que el título había de grabarse en el vestíbulo
de mi casa, en la Curia y en el Foro de Augusto y en las cuadrigas que,
con ocasión de un senado consulto, se habían erigido en mi honor. Cuando
escribí estas cosas estaba en el septuagesimo sexto año de mi vida.
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