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Adriana Zierer (UEMA)
e Ricardo da Costa (Ufes)
In: Revista Conciencia (versión web). Revista de expresión de estudiantes de Historia y Ciencias Sociales. México, Año 2, Número 6, Agosto de 2001. * Sus vidas eran exaltadas a los cielos
El periodo en que Santa Macrina vivió (c. 325-380) fué marcado por la disputa entre diversas corrientes de pensamento en el cristianismo. De religión perseguida por vários emperadores romanos, especialmente por Diocleciano (284-305), el cristianismo vino a ser aceptado a partir del 313 (Edicto de Milán), durante el reinado de Constantino (306-337). Las grandes cuestiones que ocupaban a las almas de aquél entonces eran la Creación, la naturaleza de Cristo y su relación con el Padre y el Espírito Santo, es decir: el cimiento del cristianismo, la Santísima Trinidad. En 325, en el Concílio de Nicea, convocado por Constantino, fueron rechazadas las ideas de Arrio (c. 260-336), obispo de Alejandría, que afirmaba que Dios y Cristo no poseían la misma substancia (ousia): el Hijo seria inferior al Padre. Para Arrio, apesar de haber sido creado antes del Tiempo y ser superior al resto de la Creación, el Hijo seria diferente del Padre en substancia. En Nicea, las enseñanzas de Arrio fueron condenadas y se adoptó el concepto de homousios (de substancia idéntica) para establecer la relación entre Padre e Hijo, asi como fué descrito en el Credo de Nicea:
No entanto, no hubo unanimidad en Nicea y después del concilio, los obispos continuaron predicando como antes. El arrianismo continuó fuerte por más de sesenta años, prácticamente durante toda la vida de Macrina, que junto a las persecuciones imperiales a los cristianos de Oriente, van a ser el telón de fondo en la redacción de la obra Vida de Macrina. Este artículo pretende abordar la cuestión de la santidad y del ascetismo femenino y la importancia de la virgindad para el cristianismo del siglo IV, tomando como estudio de caso la obra Vida de Macrina, escrita entre los años 380-383 por su hermano Gregorio, obispo de Nisa (c. 371-395), en Capadocia, uno de los principales opositores al arrianismo. Gregorio participó activamente en el Concilio de Constantinopla (381), convocado por el emperador Teodosio I (379-395), donde fué reafirmada la consusbstancialidad entre Padre e Hijo, confirmada en el Credo de Nicea. * Macrina era la hija mayor de entre diez hermanos. Nació en la ciudad de Cesarea, en Capadocia, que en otras épocas fué un reino independiente y provincia del Imperio Romano a partir del año 14 d.C. Situada a orillas del río Halys — frontera natural entre el Asia Menor romana y las regiones interiores —, el arzobispado de Cesarea formaba, al lado del obispado de Nisa, una área fuertemente cristianizada a partir del 325. Su familia pertenecía a un segmento de la aristocracia helenizada de Asia Menor que prontamente aceptó el cristianismo (TEJA, 1989: 92). Los abuelos de Macrina habían perdido sus propriedades por profesar el cristianismo debido a la persecución del emperador Diocleciano — durante todo este periodo el Oriente fué marcado por persecuciones a los cristianos. Su abuela, Macrina, la Vieja también fué posteriormente considerada santa. Sus padres, San Basilio, el Viejo y Santa Emélia, también sufrieron persecuciones religiosas por parte del emperador Galério Máximo (293-311). Apesar de firmar un edicto poco antes de su muerte que garantizaba la tolerancia para con la Igresia cristiana, Galério fué considerado un oso por los escritores cristianos, como Eusebio y Lactancia, por su ferocidad contra la fé cristiana (BOWDER, s/d: 125-126). La familia de Macrina se mudó para el Ponto (Pontus), provincia romana localizada al norte de Capadócia. Tal como era exigido a un miembro de la aristocracia, la niña fué novia a los doce años, más la precoz muerte del pretendiente la hizo recusar obstinadamente cualquier nuevo compromiso. Apesar de no haber consumado el matrimonio, Macrina consideraba que ya se había casado y decidió dedicar su vida a la virginidad y a la búsqueda de la perfección cristiana. Como señal de su nueva alianza, usaba um anillo colgado en el cuello que supuestamente contenía un fragmento de la cruz en la cual Cristo había sido crucificado. Este pasaje es relevante por delimitar su elección ascética
y hablar del anillo, que fué encontrado por Vestiana, viúda de alta reputación
que vivía en retiro, en el momento en que se preparabam los funerales
de Macrina. Ambos, Vestiana y Gregorio consideraron el gesto de
Macrina como uma gran forma de devoción:
La aspiración a la pureza religiosa en el siglo IV era también perseguida por los ascetas, los “renunciantes cristianos” que se alejaban de las ciudades en dirección al desierto. Allá hacían celdas excavadas en las depresiones de las dunas hasta alcanzar agua salubre. Pretendían así que sus habitaciones fueran tumbas, donde él religioso estaría “muerto” para el mundo (BROWN, 1990: 186-187). Uno de los principales objetivos de estos ascetas era alejarse de las mujeres y principalmente del deseo sexual. La vida del anacoreta era austera, centrándose en el trabajo manual, en las oraciones, los ayunos y en la meditación. La falta de comida era la mayor privación enfrentada por ellos, pués pensaban que el mayor error en el pecado original fuera la gula, que habría llevado a Adan y a Eva a transgredir las ordenes de Dios. Diminuyendo la ingestión de comida, estos hombres creian estar purificando sus cuerpos de las pasiones y de su contaminación, pués el cristiano perfecto era aquel que podía estar totalmente expuesto a toda la comunidad, no teniendo verguenza de sus pensamientos o sueños. De hay que fuera tan importante para ellos educar el cuerpo hasta que los deseos sexuales inconcientes — como la polución nocturna — fueran eliminados (BROWN, 1990: 196-197). Algunas mujeres también experimentaron la religiosidad del desierto, como Alejandra, Maria, la Egípcia, Thaís, Sinclética y las hermanas Menodora y Metrodona. El principal rasgo de las “madres del desierto” era la adopción de trajes masculinos. En la mayor parte de los casos la motivación para la fuga del mundo ocurría debido a un impedimento en el matrimonio o por haber tenido uma vida que consideraban pecaminosa. Después de la muerte de estas mujeres su santidad fué muchas veces reconocida y testimoniada en vitae escritas por hombres (KING, s/d: Internet). El camino de Macrina es distinto al de los ascetas femeninos y masculinos del desierto. Ella está ligada a la fundación del monacato en Oriente, apesar de haber quedado opacada por la figura de sus hermanos. Este es el periodo de los orígenes del monacato primitivo (TEJA, 1989: 82). Tres de ellos son considerados padres de la Iglesia, por haber actuado como defensores del cristianismo niceno contra el arrianismo: Basilio de Cesarea (c. 330-379), Gregorio de Nisa y Pedro de Sebaste. Todos fueron obispos, siendo también conocidos como los padres de Capadocia. Además de ellos, Naucratius, otro hermano de Macrina, se volvió ermitaño, dedicando su vida a auxiliar a los pobres. Acabo muriendo tragícamente en una expedición de cacería aún muy joven. A ella, Gregório dedicó la obra Vida de Macrina, escrita en griego poco después de la muerte de la hermana, entre 380 e 383. En ella explicó el papel preponderante que la hermana tuvo en la vida de los hermanos y relató la trayectoria de Macrina rumbo a la santidad. Fué escrita en forma de carta y dedicada al monje Olímpio, que lo acompañó en el Concilio de Constantinopla en 381. Después de la muerte del padre en 340, año en que también nació el menor de los hermanos Pedro, Macrina, con apenas quince años, decidió nunca alejarse de la madre. Mas tarde, en 352 ambas se retiraron para una propriedad de la familia en Anesi, próximo al rio Iris, en el Ponto, y allá formaron un convento con antiguas siervas, próximo del convento de su hermano Basilio. Las otras propiedades fueron vendidas para auxiliar a los pobres, y madre e hija pasaron a vivir sin lujos, realizando trabajos manuales y domésticos, siguiendo el ejemplo de desprecio de las riquezas tan característico de los valores ascéticos de entonces (BLAZQUEZ, 1989: 108):
Llevaron uma vida de estricto ascetismo, dedicandose a la meditación sobre las verdades del cristianismo y a las oraciones. Era una organización de tipo familiar que que acostumbraba prestar ayuda a los pobres. Este claustro femenino debía ser um espacio inviolable, lejos del espacio profano público, asociado al paganismo (BROWN, 1990: 232). El convento era considerado esencial para que las virgenes absorbieran la cultura sagrada: através de él las mujeres podian ser alfabetizadas. No sólo los hermanos de Macrina, más tambiém amigos de la familia como Gregorio Nacianceno y Eustaquio de Sebaste estuvieron ligados a esta comunidad y fueron estimulados a hacer mayores avances en dirección a la perfección cristiana. En el contexto de la espiritualidad cristiana del siglo IV, Macrina tuvo un papel preponderante. Las virgenes eran vistas como el “único ser humano que ha permanecido tal y como originalmente creado (...) como um desierto en si.” (BROWN, 1990: 226). El hecho de realizar una vida entera sin contacto con el otro sexo y basar su conocimiento unicamente en las Escrituras hacian que Macrina y otras virgenes fueran consideradas verdaderos pilares del cristianismo. Al contrário de los hombres, que como los próprios hermanos de Macrina estaban ligados aún a la cultura pagana y a las disputas por el poder en las ciudades (contra los arrianos, por ejemplo), las virgenes, para los obispos, mantenian la pureza original del pensamiento cristiano. Se utilizaban entonces literariamente la metáfora del espejo para tratar esta contemplación interior, del “mirar para dentro”, del acto de mirar su reflejo íntimo, vislumbrar contemplativamente la materialización del alma, siempre por intermédio de las Escrituras. Según los obispos, las virgenes tendrian entonces un papel fundamental en esta actitud (COSTA, 2000: 79). Esta era una preocupación de los escritores de la época: Juan Crisóstomo (398-404), obispo de Constantinopla, hizo una série de predicaciones que dieron origen al tratado Sobre la Virginidad (382), donde demostraba la alegría de pertenecer a una raza humana que se encontraba en el umbral de una nueva era (BROWN, 1990: 278). Por su parte, en la obra De la Virginidad, Gregorio de Nisa afirmaba que ...como un espejo, cuando es bien hecho recibe en su superficie pulida los rasgos de aquel que le es presentado, así también el alma, purificada de todas las manchas terrestres, recibe en su pureza la imagen de la belleza incorruptible. (CHEVALIER, 1995: 393). Platónico seguidor de la escuela que Orígenes (c. 185-254) fundara en Cesarea, Gregorio creía que para que cualquier método fuera eficaz debería ser como un espejo, como una virgen, especie de cuerpo-espejo donde las personas podrían vislumbrar la pureza de la imagen de Dios. Según él, una virgen era un espejo del alma y una imagen física del Jardín del Edén, también tierra virgen (BROWN, 1990: p. 249). Por el hecho de no casarse y no ser madres, las virgenes ascetas eran consideradas próximas de Dios y de Adán, semejantes a la humanidad antes del pecado original y vistas como novias de Cristo, teniendo así acceso irrestricto al conocimiento — de hay la posibilidad de, através del ascetismo, tener acceso a la alfabetización. Por ejemplo, Macrina poseía un excelente bagaje intelectual: su madre la enseñó a leer usando las Escrituras y ella conocía autores cristianos, como Orígenes, además de leer las obras de los hermanos (CORRIGAN, s/d: Internet). Su sobrenombre era Tecla, la compañera imaginária de San Pablo y ligada a Sócrates, lo que asociaba a Macrina con la figura de la mujer sábia (ALEXANDRE, s/d: 535), porque asceta, porque virgen. De acuerdo con Gregorio, el sobrenombre secreto de la hermana vino durante un sueño de la madre, Emélia, antes del parto:
El sueño de Emélia es bastante revelador, ya que era la forma como los hombres de la época imaginaban el contacto con Dios — no nos olvidemos que todas las informaciones al respecto de Macrina son siempre mediadas por su hermano Gregorio, que justifica el hecho de escribir sobre la vida de una mujer: En este caso, fué una mujer la que nos suministró nuestro asunto; si, de hecho, ella debía ser una mujer de estilo, yo no sé si es conveniente designarla por su sexo, a quien ultrapasó tanto su sexo. VM [960 B] Podemos observar las mujeres de este periodo, más siempre filtradas por las miradas masculinas. En el caso de Gregorio, la decisión de escribir la vida de la hermana santa viene acompañada de la aprobación de otro hombre, el monje Olímpio, a quien él le dedica la obra y a quien atribuye también haberle dado la incumbencia de escribir el relato:
Este es un tipo de problema de análisis de fuentes muy comum para la documentación de la época. Ellos dicen lo que ellas son y principalmente lo que debem ser (DUBY, s/d: 9). El mismo tipo de problema ocurre en el caso de Santa Mónica (c. 331-387), “viva” para la Historia por su hijo San Agustín (COSTA, 1995). De cualquier modo, es importante que se entienda el sueño cristiano del siglo IV como un objeto onírico de transmisión del logos divino, pués este fué el periodo de formación — en la teoría y en la práctica — de un tipo especial de imaginário, la onirologia cristiana (LE GOFF, 1994: 283). Yá vimos que en el siglo IV el cristianismo todavía estaba en una fase de formación de sus dogmas, y el sueño ejerció un papel preponderante en la construcción del imaginário cristiano (LE GOFF, 1994: 329). La hagiografia del período tiene al sueño como punto convergente de la vida de la mayor parte de los santos, y el sueño de la madre de Macrina es de un tipo muy especial, así mismo excepcional, pués viene directamente de Dios. Macrina puede realizar las aspiraciones que su madre tuvo cuando joven. Emélia había preferido quedarse soltera. Ambas tuvieron un relacionamento de mucha afectuosidad. De acuerdo con Gregorio, la sensación de la madre fué como si siempre hubiera cargado la hija en su vientre: el tiempo estaría inmóvil, señal indicadora de la santidad venidera, donde el pasado, presente y futuro estabam juntos y parecian coexistir (GUREVITCH, 1990: p. 122) en el útero de la madre. Uno de los deseos de Macrina era que después de su muerte ella fuera colocada en la tumba al lado de la madre para que “sus cuerpos quedaran mezclados uno con el otro (...) y que su compañerismo en vida no fuera quebrado en la muerte” (VM [996 B]). Es importante resaltar el papel de Macrina y de otras virgenes en la elaboración de retiros para donde afluían jovenes pobres y también viudas ricas que decidian ingresar en la vida religiosa. Es por ejemplo el caso de Vestiana:
De acuerdo con Peter Brown las organizaciones femeninas como las de Macrina se basaban en lazos de amistad y contaban con grandes grupos de virgenes, de cincuenta a cien, el alto contingente se debía a que el convento mantenía a señoras ricas que entregaban sus recursos a la iglesia y también vivian allí (BROWN: 1990, p. 222). Para Macrina ser considerada santa, dos motivos pueden ser destacados. Su papel de virgen, conforme ya demostramos, y su vida ascética. Mas también debido a sus milagros, dos de ellos relatados con detalles por su hermano: la cura producida por Dios en la própria santa y la cura de una niña por Macrina. En la historia del primer milagro, Macrina sufría de un tumor en el pecho, cosa que preocupaba mucho a su madre, principalmente por la hija recusarse a ser atendida por um médico. Entonces Macrina se dirigió a Dios y le pidió la cura, lo que le fué concedido:
En lugar del tumor quedó apenas una pequeña marca, símbolo del milagro divino que Vestiana, la viuda a quien yá nos referimos antes, mostró a Gregorio momentos antes del entierro de Macrina:
El otro milagro fué la cura de una niña, que tenía una enfermedad en uno de los ojos, hecho que su padre contó a Gregorio. De acuerdo con el padre, “su apariencia [de la niña] era repulsiva y causaba pena, la membrana alrededor de su ojo era más ancha y emblanquecida por la enfermedad” (VM [996 D]). Al visitar el retiro, él se había quedado en el ala masculina, junto com Pedro de Sebaste, hermano de Macrina, y su mujer e hija, en la compañia de Macrina y sus compañeras:
A pesar de todo, en el momento en que se preparaban para partir, tanto Macrina como su hermano protestaron y ella hizo una promesa a la madre de la criança, si por acaso permaneciera mas un poco:
Los padres de la niña, entonces, permanecieron en el retiro por más tiempo y después de la comida partieron. En medio del viaje, afligida, la señora recordo haber olvidado pedir el medicamento a Macrina, y el marido ya pensaba en mandar a alguién , cuando la madre percibió que el milagro yá había sido efectuado:
Y, de acuerdo con sus palabras a Gregorio, el padre de la niña había entendido los designios de Dios:
Estos son los milagros más importantes realizados por Macrina descritos por Gregório, mas él cita otros en su conclusión del relato, que según afirma, no explicará con mayores detalles, pués según su opinión podrian exceder la comprensión de muchos:
* Qué importancia tuvo esta santa en la vida de los hermanos, Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa y Pedro de Sebaste? En la Vida de Macrina, Gregorio elógia la sabiduria de la hermana y su papel de conductora de la familia. De Pedro, el menor, menciona que ella ejerció un papel fundamental en su formación, después de la muerte del padre:
Al alcanzar la edad adulta, Pedro de Sebaste pasó a dividir el retiro de Anesi con Macrina. En cada una de las margenes del río Iris se localizaba una comunidad. La de las mujeres era regida por Macrina desde la muerte de la madre, y la de los hombres dirigida inicialmente por Basilio y después de su muerte, por su hermano Pedro. Con relación a Gregorio de Nisa, el escritor de su biografia, Macrina le dió aliento para preservar sus creencias. Debido a las disputas contra el arrianismo, Gregorio fué depuesto del cargo de obispo y expulsado de Nisa en 376, habiendo reasumido sus funciones con la muerte del emperador Valenciano. Al quejarse con la hermana de sus penas, fué estimulado por ella a ser fuerte y dar gracias a Dios por lo que ya había recibido:
Sobre Basilio, que había estudiado retórica en Atenas, Gregorio dice que la hermana lo llevó a despreciar el orgullo por sus conocimientos y lo condujo al camino de la humildad:
Basilio, el Grande, o San Basilio, el más viejo de los hermanos, fué mas tarde considerado doctor de la Igresia. Visitó a los ascetas de Siria, Egipto y Palestina (GILSON, 1998: 63). Es considerado el padre del monacato oriental y su regla fué inspirada en la que Macrina escribió para su retiro en Anesi. Fundó hospitales y se dedicó a cuidar de los pobres, teniendo como principal proyecto la formación de fraternidades basadas en el auxílio mútuo y en el voto de pobreza (BROWN, 1990: 243).
Produjó vários escritos contra el arrianismo, también se le dá el crédito por la fórmula de Dios como única esencia [hypostasis] con tres personas [hypostases]. Murió nueve meses antes que Macrina, en 379. Además de incitar la fe en sus hermanos, la importancia de Macrina no es nada despreciable en la historia del cristianismo primitivo del siglo IV. Su influencia junto a la de su hermano Basilio fué notable. Gracias a ella, Basilio se tornó eremita, fundó monastérios y trazó las reglas que regirian la vida monástica de la Igresia Ortodoxa — Basilio representa el hombre nuevo de las elites dirigentes del Bajo Imperio: aristocrático y latifundista apegado a la vida urbana, amante de la cultura griega y convicto de su cristianismo, monje y obispo (TEJA, 1989: 94). Si llevamos en consideración el peso de las palabras y gestos sobre sus hermanos, podemos tener una idea de la influencia de Macrina en la construcción del monacato cristiano: San Benito se inspiró en Basilio de Cesarea para elaborar su regla. De Macrina a San Benito, la historia del monacato en el mundo cristiano fué así modelado, con base en el ascetismo rigoroso, en la lectura de las Escrituras y en el papel de las vírgenes como metáforas vivas del Paraíso Perdido. Através del relato sobre su vida, también podemos observar la actuación de una mujer como conductora intelectual de su familia. Como guia y protectora espiritual ella era la “maestra”, mi “señora”. Un cambio significativo de la mirada masculina en relación a ellas. Nacida en el seno de los hogares cristianos, pués se creía que el dueño de casa era el principal beneficiado con la devoción de su virgen, la asceta era, por eso mismo, un ejemplo de comportamiento, de pureza. Según Gregorio, en su obra De la Virginidad, las virgenes mantenían una relación de tiempo completo con el Creador, y por eso Macrina se encontraba en la “frontera del mundo invisíble”, que era interrumpido por los humanos que se dedicaban al sexo. El modelo de Macrina ayudó a fortalecer uma idea vigente de entonces, el que las mujeres consagradas eran un depósito de valores para las comunidades cristianas. Eran las kanonikai — mujeres comprometidas com um canon, una vida regular y ascética cotidiana en un pequeño grupo espiritual y orgánico que las destacaba de las otras fieles. Nacia así el ideal ascético cristiano femenino. A corto prazo, el modelo de Macrina influenciaría, por ejemplo, la actitud ambivalente de la sociedad patriarcal de Bizancio en relación a la mujer: entre Eva y Maria, entre el ideal ascético cristiano de la virgindad y el del celibato, y la “promoción” del matrimonio (TALBOT, 1998: 118). Además de modelo de mujer santa, la vida de Macrina es también modelo original para las abadesas medievales. A largo plazo, el modelo ascético de Macrina fortaleció el discurso del polo positivo femenino cristiano (ALEXANDRE, s/d: 511): la exaltación de la virgen, con su poder de donación, intrínseco a su sexo, su influencia cristiana en el seno de la familia (2 Tim), y su papel auxiliador en la conversión de las poblaciones al cristianismo. Es con este último punto, este atributo femenino — la conversión — que terminamos este artículo. Un pasaje de una carta de Basilio de Cesarea a los habitantes de Neocesarea, que muestra la fuerza de la imagen de Macrina, la fuerza cristiana femenina, en la difusión del cristianismo del siglo IV:
Además del ascetismo y de la función mágica de la virgen como un vislumbramiento de la pureza de Dios, este era el principal papel femenino que los hombres de aquel entonces veían en las mujeres: cimiento transmisor de la fé en los linajes. Propagar la fé por medio de su amor infinito resguardado en su virginidad eterna. * Fuente Bibliografía citada ARMSTRONG. Karen. Uma História de Deus. Quatro milênios de busca do Judaísmo, Cristianismo e Islamismo. São Paulo: Companhia das Letras, 1994. BLAZQUEZ, J. M. “El monacato de los siglos IV, V y VI como contracultura civil y religiosa”. In: HIDALGO DE LA VEGA, Maria José (ed.). La Historia en el contexto de las ciencias humanas y sociales. Homenaje a Marcelo Vigil Pascual. Salamanca: Universidad de Salamanca, 1989, p. 97-121. BOWDER, Diana. Quem foi quem na Roma Antiga. São Paulo: Art Editora/Círculo do Livro, s/d. BROWN, Peter. “Antiguidade tardia”. In: ARIÈS, Philippe e DUBY, Georges (dir.). História da vida privada I. Do Império Romano ao ano mil. São Paulo: Companhia das Letras, 1990, p. 224-299. BROWN, Peter. Corpo e Sociedade. O homem, a mulher e a renúncia sexual no ínicio do cristianismo. Rio de Janeiro: Jorge Zahar Editor, 1990. CHEVALIER, Jean e GHEERBRANT, Alain. Dicionário de Símbolos — mitos, sonhos, costumes, gestos, formas, figuras, cores, números. Rio de Janeiro: José Olympio Editora, 1995. CORRIGAN, Kevin. Syncletica and Macrina: Two Early Livres of Womem Saints. COSTA, Ricardo da. A Árvore Imperial — um Espelho de Príncipes na obra de Ramon Llull (1232?-1316?). Tese de doutorado, UFF, Niterói, 2000. COSTA, Ricardo da. “Santa Mônica: a criação do ideal da mãe cristã”. In: Representações da Antigüidade — III Congresso Nacional de Estudos Clássicos — IX Reunião da Sociedade Brasileira de Estudos Clássicos. Rio de Janeiro: SBEC/Instituto de Filosofia e Ciências Sociais da Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ), 1995, p. 21-35. DUBY, Georges e PERROT, Michele. “Escrever a história das mulheres”. In: DUBY, Georges e PERROT, Michelle (dir.). História das Mulheres no Ocidente, Volume 1 – A Antiguidade. Lisboa: Edições Afrontamento/EBRADIL, s/d, p. 7-18. GILSON, Etienne. A Filosofia na Idade Média. São Paulo: Martins Fontes, 1998. GUREVITCH, Aron. As categorias da cultural medieval. Lisboa: Caminho, 1990. KING, Margot. The Desert Mothers: A Survey of the Feminine Anchoretic Tradition in Western Europe. TALBOT, Alice-Mary. “A mulher”, In: CAVALLO, Guglielmo (dir.). O Homem Bizantino. Lisboa: Editorial Presença, 1998, p. 115-139. TEJA, Ramon. “Monacato y historia social: Los orígenes del monacato y la sociedad del Bajo Imperio Romano”. In: HIDALGO DE LA VEGA, Maria José (ed.). La Historia en el contexto de las ciencias humanas y sociales. Homenaje a Marcelo Vigil Pascual. Salamanca: Universidad de Salamanca, 1989, p. 81-96. The Catholic Encyclopedia. New York: Robert Appleton Company, Vol. IX, 1999.
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